COORDINADORA
DE ASOCIACIONES
DE LAICOS MISIONEROS

Aportaciones de
Laicos Misioneros
al
CONGRESO NACIONAL DE MISIONES

Burgos, 18-21 Septiembre 2003

LA VOCACIÓN LAICAL MISIONERA...
DENTRO DE UN CARISMA O UNA ESPIRITUALIDAD CONCRETA

Comunicación presentada por el matrimonio

Alberto de la Portilla Rodríguez y
Mª Carmen Tomás Rodríguez


Laicos Misioneros Combonianos. (Mozambique)


ÍNDICE


Introducción

Sacerdotes, religiosos y laicos formamos una misma y única Iglesia. Todos, radicalmente, tenemos la misma dignidad de hijos de Dios. A todos se nos confía la hermosa tarea de anunciar el Evangelio a todas las gentes y en todos los lugares de la tierra. (D. José Diéguez Reboredo en la presentación del documento LAICOS MISIONEROS).

Por eso, si realmente nos lo creemos, es importante la presencia, participación y colaboración de Laicos, y de laicos misioneros, para transmitir una iglesia de ministerios, no clericalizada, donde todos somos miembros activos, no pasivos en el anuncio del Evangelio. Y esto no sólo aquí en nuestra sociedad, sino mucho más en esas comunidades nuevas, entre esos nuevos hermanos que se acercan a conocer a Jesucristo, desde otras tierras, con unos bagajes culturales, religiosos, sociales,... tan diferentes a los nuestros. Por eso creemos que es importante en la evangelización esa identidad específica laical, no como contraposición a la identidad religiosa, sino como complementaria.

Es importante reconocer por parte de los sacerdotes y religiosos la vocación laical misionera como fruto del Espíritu que inspira los nuevos tiempos. Y sobre todo abrirse a ella no como una amenaza, sino como una riqueza, cada uno desde su realidad, trabajando juntos por el Reino de Dios, con la misma responsabilidad desde los compromisos adquiridos por cada uno.

Otro reto importante en este camino que va comenzando, es el de "compartir" los carismas. El carisma no es exclusivo de religiosos y religiosas (que entre ellos sí lo comparten y no es fuente de conflictos), el carisma es un don del Espíritu, que como tal es repartido entre hombres, mujeres, jóvenes, adultos, ancianos,... y por tanto entre religiosos, religiosas y laicos.

Desde nuestra realidad

¿Qué es ser laico en este mundo de hoy? ¿Qué significa ser creyente, seguidor de Jesús, en esta sociedad? ¿Cómo dar respuesta a la llamada que hemos recibido?

Estos interrogantes u otros parecidos son los que debemos abordar y dar respuesta, como cristianos, en nuestro caminar, en nuestro día a día. Como laicos estamos llamados a transformar el mundo, fundamentalmente desde los hechos, desde nuestra vida, las palabras son importantes pero sólo pueden explicar o dar sentido a lo que hacemos, a lo que somos. Esta es nuestra vocación.

Aunque siempre habrá casos particulares hablaremos desde la generalidad. Para nosotros, en la vida del laico, el crear raíces es consustancial con nuestra esencia; nuestra presencia crea lazos y asienta a la humanidad en esta tierra:

Nuestras familias, fuentes de vida, pueblan la tierra y establecen lazos de sangre que son la estructura base de subsistencia de la persona. En ellas somos creados, alimentados y conformados de una determinada forma. Y esto es algo que se reproduce en todas las culturas en mayor o menor medida.

Nuestras relaciones de amistad crean lazos fraternales que van construyendo una nueva realidad, más allá de la familiar y que nos abren al mundo y a los demás.

En nuestro trabajo transformamos nuestros conocimientos y habilidades en el pan de cada día tras largas y duras jornadas laborales.

Creemos en Dios y por ello rezamos, y no lo hacemos solos, sino con otros que también creen en Él como nosotros.

Estamos tanto en mil historias de compromiso dando nuestro tiempo, como tumbados al sol descansando.

Todo ello y más configura el existir cotidiano del laico en las distintas sociedades y culturas que habitan la tierra...

Y por encima de todo esto, en medio de nuestra vida, hemos tenido un encuentro personal con Jesucristo que ha transformado nuestro existir. Hemos sentido su llamada para seguirlo y, a pesar, o mejor dicho, por encima de nuestras flaquezas queremos responder, queremos anunciar la llegada del Reino de Dios, queremos transformar esta sociedad porque no es la sociedad que Dios quiere. Y no podemos esconder este hecho que ha transformado nuestra vida, queremos y debemos llevar este gozo allá donde más se necesita, entre los más pobres y abandonados. Así de simple es la realidad misionera de nuestra fe.

Desde nuestra vocación

Cuando hablamos de misión "Ad Gentes" pensamos en aquellos pueblos que no han recibido el evangelio, que la semilla lanzada por el Espíritu no ha florecido suficientemente, y también hablamos de pueblos empobrecidos, excluidos del carro de este mundo, abandonados, con grandes necesidades tan simples como comida, agua potable, educación, sanidad o el reconocimiento de sus derechos más básicos como personas e hijos de Dios que son.

En medio de ellos queremos que haya Vida, y Vida en abundancia. Vida de la buena. La llegada del evangelio, el anuncio de Jesús, quiere transformar, revolucionar todo empezando por la persona, pero concretándose en el día a día: en las relaciones (familiares, amigos, ...), en el trabajo, en la sociedad, en la Iglesia... donde queremos aportar nuestro granito de arena, desde nuestro ser, cada misionero desde el suyo (padre, hermano, hermana, laico).

Cuantas veces nos quejamos de no llegar a la gente, de que la evangelización de muchos pueblos no pasa de un simple barniz. Creemos en una evangelización profundamente inculturada y plenamente liberadora, una evangelización que llegue al núcleo profundo de la persona, de la sociedad y la transforme. Para ello el aporte de los misioneros laicos es fundamental; con su inserción en el pueblo y el testimonio de sus vidas son un ejemplo vivo de cómo Jesús puede transformar una vida, crear un nuevo estilo de familia, ser un trabajador servicial y con vocación, etc, etc. Claro que el ejemplo no servirá de modelo, tal cual, para el africano, asiático o latinoamericano, sino que serán ellos los que lo harán posible desde su cultura, de eso somos conscientes, sabemos que por mucho que un tronco permanezca en el agua nunca llegará a ser cocodrilo. Y también somos conscientes de la responsabilidad que significa exponer tu vida ante los demás para dar testimonio de Jesús, aunque en eso nos fiamos de Él pues sabemos que al llamarnos también se comprometió a acompañarnos.

Desde nuestro carisma misionero

En medio de la miseria, la injusticia, las tristezas y las alegrías de los pueblos, aparece el misionero con la Buena Noticia. Esta Buena Noticia es real, es posible, y la haremos posible día a día.

Una nueva familia es posible, no una familia a la europea, sino una nueva familia africana, americana, asiática, etc. Donde habite el amor, que va más allá del respeto, la mutua preocupación, la corresponsabilidad por parte de todos bla, bla, bla ... Esto no son sólo palabras que escuchamos de los misioneros, es una realidad viva en esa familia misionera que lucha día a día para que el amor este presente en medio de ellos y sea luz para los demás; por ello son sacramento.

Esta es la maravilla del laicado misionero, ser ejemplo vivo, real, no ideal, con sus defectos pero con su viveza. Compartiendo el día a día, mostrando otra forma de ser familia, amigo, compañero de trabajo, ... Y esto es posible en la medida que lo hagamos posible:

"Con la llegada de nuestra primera hija, la gente nos comentaba "ésta es mozambicana,... es nuestra", ya era algo suyo y como tal la cuidaban, visitaban en casa, jugaban con ella y la llevaban de paseo. Esta presencia, como familia, nos abrió muchas puertas en la relación con la gente, otra manera de acercarnos, hizo nuestra presencia más real y significativa para el pueblo, porque compartíamos con ellos no sólo nuestras vidas sino nuestro ser familia. Para ellos, que viviésemos allí con nuestra hija era un signo de esperanza y una apuesta por ellos, por el pueblo macua de Namapa."

De ahí el sinsentido que encontramos a veces cuando obispos o religiosos, no sólo no quieren, sino piden que los matrimonios misioneros no tengan hijos durante su periodo de servicio en misión, pues disminuye su capacidad de trabajo y dedicación, o algo así. Es triste y nos da la sensación de que no se tiene claro que significa eso de ser laico misionero y se busque más bien en sustituir el trabajo de un hermano o hermana sin valorar la importancia de la especificidad del laicado.

En la comunidad la amistad, que es fruto del amor, crea relaciones realmente fraternales de preocupación de los unos por los otros, donde nuestra felicidad está en hacer felices a los demás, por encima de lazos familiares que más o menos vienen dados; es una opción libre por el hermano y bla, bla, bla. Nosotros como laicos combonianos queremos hacer presente esta realidad partiendo de la comunidad donde se comparte todo, desde nuestra fe a nuestro dinero, pasando por la educación de nuestros hijos, discernir sobre nuestro trabajo y nuestro estar en misión y en el mundo. Y desde la comunidad responsabilizándonos de las necesidades de nuestros hermanos más cercanos y más lejanos, de sus problemas económicos, familiares, laborales, de sus alegrías y sus penas. El discurso no es "hay que ser buenos hermanos, todos hijos de un solo Padre..." sino más bien "¿Cómo estas? Yo estoy así o asao y necesito de ti, pero también estoy junto a ti ayudando en lo que pueda, esta es la Nueva Humanidad apúntate con nosotros".

"Nosotros, en misión, hacíamos comunidad con otro matrimonio. A partir de la oración y las reuniones comunitarias semanales discerníamos, en una cultura tan diferente, nuestros aciertos y errores, cómo no meter la pata en demasía, y el que nuestra presencia fuera lo más auténtica, lo más cristiana posible, tanto para el pueblo que nos acogía como para nosotros y nuestra vocación como laicos misioneros combonianos. Sin la comunidad no sólo no lo hubiéramos hecho la mitad de bien, tanto en calidad como en cantidad, sino que probablemente se nos habría escapado mucho de la realidad y las necesidades de la gente. Con la comunidad de religiosos comboniana compartíamos misa u oración, mesa y ocio al menos una vez a la semana. También la planificación del trabajo pastoral como equipo misionero; nos consultábamos, de manera más o menos formal según los casos, sobre nuestros trabajos y responsabilidades. Compartíamos inquietudes y las muchas dudas que nos iban saliendo sobre nuestro estilo de presencia, sobre cómo entender y servir mejor al pueblo. Y eso también lo ve la gente, la relación que teníamos entre nosotros, signo de esa nueva humanidad".

Por eso tampoco tiene mucho sentido que los laicos o los religiosos se cierren y no quieran tener momentos de encuentros, o que no cuenten los unos con los otros a la hora de planificar trabajos y actividades, pensamos que es mejor sumar esfuerzos que no dividirlos.

El trabajo dignifica al hombre, pero junto con él encontramos explotación y corrupción que destruyen al hombre y sus relaciones y bla, bla, bla. Hay otra forma de trabajar y otra forma de establecer relaciones laborales, donde prime la persona por encima de la producción, donde no se explote ni se abuse de una posición. Es una lucha en la que hay que estar codo con codo. La denuncia es necesaria desde fuera, y si es posible, mejor desde dentro, como compañero apoyando la reivindicación, jugándotela con él, pues si tú no te la juegas por qué lo va a hacer él. Transformar desde dentro, atender a las personas con cariño buscando su bien y no el tuyo propio, con vocación y dedicación en tu profesión. Haciendo posible otra economía, otras empresas, otra agricultura...

Profundizar en lo que supone enraizar el evangelio en la realidad social, es asumir que desde los poderosos no cambiará el mundo, no les interesa, es la gente sencilla la que le interesa que esto cambie y son ellos los que deben hacer posible este cambio y ahí esta el laico misionero animando como uno más (en las asociaciones de padres, de vecinos, culturales, cooperativas...). Hay que estar presentes en la vertebración de la sociedad, lo cual requiere de constancia, de fe en que es posible a pesar de las dificultades... Y es ahí, en las reuniones de trabajo hasta altas horas, en el trabajo de fin de semana, con los vecinos... es ahí donde hay que dar esperanza, es ahí donde se hace presente a Jesús, es ahí donde tenemos que estar.

En todo ello es necesaria una especial atención de la comunidad, apoyando por detrás, sino la lucha será estéril y estaremos "en la calle" a los dos días.

"Nosotros trabajábamos en sanidad y educación, que son los pilares para el desarrollo, y los principales problemas que encontramos fueron corrupción, abuso de poder y falta de vocación de servicio. En este sentido nuestra aportación fue sencilla, aunque no fácil de llevar a cabo: Trabajar con vocación, atendiendo a los enfermos como seres humanos, intentando ser cercanos, atendiendo sus necesidades y resolviendo sus dudas, siendo cumplidores con nuestra tarea de profesores, preparando y dando las clases lo mejor posible y evaluando a los alumnos según sus conocimientos. Esto, en principio tan lógico, desestabiliza todo un sistema donde el dicho es que "cabrito come donde está amarrado", pero nosotros rompíamos la baraja e incitábamos a otros a sumarse. El trabajo no puede ser el sitio donde sacar provecho personal sino más bien donde servir al prójimo y transformar la sociedad, haciéndola más humana para todos.Todo ello sin ocupar cargos de dirección, como uno más. Si bien no fue fácil, a partir de finales del segundo año se empezaron a notar pequeños cambios, sumándose a este nuevo estilo, poco a poco no nos engañemos, enfermos/as y alumnos/as que empezaban a reconocer sus derechos y pedir que se les respetara, y funcionarios (enfermeros y profesores) que también se manifestaban en contra de las conductas más corruptas de sus compañeros e iban cambiando su estilo de actuación".

Es posible otra forma de estar en el trabajo y encontrar satisfacción en el mismo. Poco a poco es posible. Creemos que desde fuera no hubiera sido lo mismo, hace falta meterse, desestabilizar el sistema desde dentro, mostrar que es posible y acompañar al que quiere levantar la cabeza y decir estamos contigo, lucharemos contigo, adelante. Este es también un lugar privilegiado para los laicos misioneros.

La Iglesia, sacramento universal de salvación, pueblo de Dios que quiere hacer presente el Reino de Dios en la tierra, Reino de amor y justicia para todos, donde los últimos serán los primeros y el quiera ser el primero se debe hacer servidor de todos. Lugar donde bla, bla, bla. Nuestro reto es hacer realidad esta Iglesia. Rezamos, celebramos la eucaristía y revisamos nuestra vida en comunidad a la luz del Evangelio. Creemos que este es el fundamento que ilumina nuestra vida, el que da sentido; es esa palabra que termina de explicar el por qué hacemos todo lo anterior, el por qué vivimos y queremos vivir de esa manera.

Y desde ahí queremos construir Iglesia, una Iglesia nueva:

- Una Iglesia ministerial donde el laico esté en su sitio, responsable de su fe, de su comunidad (esta forma de ser laico desgraciadamente más reconocida en misión, y en la figura de los laicos misioneros, que aquí en España).

- Creando comunidad de comunidades con todos y cada uno, miembros vivos e indispensables de la comunidad, conocidos por sus nombres, que comparten la vida y que se les cuestiona y exige por su estilo de vida, por su ser cristiano, por que en su vida hagan presente esta nueva fe que han abrazado.

- Inculturada porque es expresión de fe de cada hombre y mujer, de su cultura, de su tradición revivificada por la acción del Espíritu.

- Y plenamente liberadora, para que cada hombre y mujer se libere de aquello que le oprime, tanto a nivel interno como externo, y desde esa libertad pueda encontrarse con su creador, sintiéndose hijo amado y hermano de todo hombre.

"Nuestra parroquia en misión tiene 65 comunidades para 2 sacerdotes, y muchas de ellas quedan aisladas buena parte del año. Sólo gracias a que Mozambique es una Iglesia ministerial, con gran protagonismo de los laicos tras el periodo marxista, hace que estas comunidades de nuevos cristianos se mantengan. Nosotros simplemente acompañábamos en la formación a los responsables de jóvenes y de los matrimonios, apoyando su labor desde nuestra experiencia y formación, acompañándolos en sus responsabilidades a nivel parroquial y de sus distintas comunidades. ¡Cuanto de lo que aprender en nuestra iglesia¡"

Por eso es importante el trabajo coordinado de la comunidad apostólica (padres, hermanos, hermanas y laicos), para aprovechar mejor las fuerzas y dar una imagen creíble de esa iglesia ministerial, no piramidal.

Desde nuestra colaboración o pertenencia con un instituto o congregación religiosa

  • ¿Pueden compartir carisma laicos y religiosos?

Creemos que es importante ampliar la visión del carisma, cosa clara para los religiosos pero que se enturbia al hablar de laicos, probablemente por la falta de costumbre y no otra cosa, aunque ya sabemos el peso de lo que puede ser una tradición y lo que cuesta avanzar a veces.

El carisma es un don que el Espíritu Santo en su pasear por el mundo ofrece a la humanidad, probablemente debido a la necesidad que el mismo mundo tiene de él y de su presencia para la construcción del Reino de Dios, aunque no nos metemos en por qué lo hace el Espíritu, pobres de nosotros, sería quererlo institucionalizar. Pero de lo que hablábamos; esa oferta que hace al mundo es como la semilla que lanza el sembrador y, cuando la tierra está abonada agarra y da más fruto. Una buena tierra de cultivo es la Iglesia, y por ello son tantos los carismas dentro de ella, pero no la única como sabemos. Por otro lado a lo largo de la historia hay quién ha abrazado y recreado estos carismas, como persona y después formando comunidades y grupos que incluso han llegado a ser congregaciones, institutos u organizaciones de distintos carácter.

De la misma forma que nuestra fe es un don del Espíritu, que nuestros padres y la Iglesia han cuidado y transmitido desde los primeros apóstoles, igualmente debemos reconocer cómo los institutos y congregaciones han animado y recreado algunos de esos dones del Espíritu que llamamos carismas; sabiendo que ni una persona, aunque sea un gran fundador o pionero, ni un instituto o congregación agota ese don, ese carisma.

Cada persona, que es tocada de manera especial por una espiritualidad, está llamada a alimentarla y recrearla, sea hombre, mujer, religioso o laico. Cada comunidad que se siente llamada según un carisma, debe igualmente alimentarlo y recrearlo. Y si esa comunidad, grupo o movimiento es laical, con certeza que lo hará de manera diferente a como lo hacen los religiosos o religiosas; no menos auténtico o necesario el uno o el otro, es el Espíritu el que está detrás y recordemos que este don no es para encerrarlo entre cuatro paredes, es para el mundo, para nuestros hermanos.

  • ¿La vocación misionera laical puede realizarse en colaboración y sintonía con una congregación o instituto misionero sin que ello pueda desdibujar la identidad laical?

De igual manera que el catecúmeno se acerca a la comunidad para ser iniciado, y es la comunidad la que reconoce su camino de fe y lo acoge en ella, por el bautismo; así los institutos, congregaciones o movimientos laicales debemos acoger a todos los que se acercan a conocer y profundizar en el Carisma, desde la especificidad de cada uno: religioso, religiosa o laico, y ayudarles en este madurar de su fe. Integrándolos en la comunidad o en el grupo, si ésta es su opción, para juntos seguir creciendo y madurando en el seguimiento de Jesús según nuestro carisma concreto, al servicio de los más pobres.

Después, dentro de cada carisma los religiosos, religiosas y laicos que lo compartan deberían caminar juntos. Cada uno desde su especificidad, pero reconociendo igual dignidad los unos a los otros y siendo conscientes que su estado de vida no abarca la totalidad de ese carisma, abiertos a la vida que es cambio. Igual que en una familia los padres dan la vida a los hijos pero no les pertenece la vida de estos. Ver y ayudar a crecer a los hijos para que sean independientes y puedan desarrollarse, para que también ellos puedan ser padres; todo ello manteniendo ese vínculo familiar, padres, hijos y abuelos que los une para siempre.

Cómo se expresa el carisma como laicos es una gran aventura a recorrer. El carisma está vivo y debe dar respuesta desde su originalidad y riqueza al avance de los tiempos, a las nuevas realidades que se van planteando. Estamos inventando, como adolescentes que somos la mayoría de movimientos laicales, situándonos en este mundo de una manera determinada. Es difícil no referenciarse en la vida de los religiosos y religiosas de los institutos o congregaciones a la sombra de los cuales nacemos, pero no nos engañemos laicos ni religiosos, la expresión de este carisma no será igual pues no somos iguales. Aunque apostemos por la comunidad como esencial en nuestra vida no será como una comunidad de religiosos; nuestra oración en tiempos, ritmos, o estilos tampoco es la oración del religioso; nuestro tipo de compromiso y trabajo aquí o en misión tampoco será igual y nuestra manera de expresar el seguimiento de Jesús, según el carisma determinado que tengamos, tendrá que ser diferente; ni mejor ni peor, ni el uno o el otro más auténtico por el peso de la tradición.

En este sentido nosotros optamos por formar comunidades o bien laicales o bien religiosas. Dónde cada uno viva y se exprese según su estado de vida. Pensemos en los ritmos de trabajo y oración, relación con el pueblo, relaciones de familia a familia, etc. Si bien no descartamos la opción de comunidades mixtas, pensamos que hoy por hoy, tienen todavía mucho camino por recorrer, pues hasta hoy la mayoría de los laicos en comunidades religiosas ocupaban un lugar de pseudo-hermanos, adaptando su vida al ritmo del religioso.

Creemos que es importante establecer un clima de corresponsabilidad entre religiosos y laicos, en nuestra presencia como misioneros en una determinada zona, aunando esfuerzos, análisis y planteamientos para una mejor y más auténtica evangelización. En nuestro caso esto lo conseguimos en gran medida entre la comunidad de laicos y de religiosos de Namapa, pero no con todas las demás comunidades había esa misma relación. Queremos creer que donde hubo alguna incomprensión era más por desconocimiento de esta realidad de laicos misioneros, con los miedos y prejuicios que conlleva, que por otra cosa. El tiempo sin duda corre a nuestro favor, a favor de los que entendemos que todos somos uno en Cristo, laicos, religiosos y sacerdotes cada uno desde su vocación al servicio del Reino de Dios.

Una dificultad frecuente con la que nos encontramos, dentro de los institutos o congregaciones religiosas, es con una aceptación y una apuesta teórica por los laicos por parte de los religiosos. Es necesario ir haciendo camino para que de verdad crean que nuestra presencia, propia como laicos, no como sustitución de los religiosos, es necesaria e importante. Y para ello hace falta conocimiento, trato y humildad por parte de todos. Evitemos los juicios rápidos de valor que etiquetan la vocación de unos u otros. Necesitamos conocernos más, es la mejor manera para crecer.

La presencia del misionero no sólo está en la pastoral directa, y la evangelización no se limita al anuncio explícito con la palabra, aunque éste sea fundamental, sino también a ser testimonio vivo del Resucitado en medio de la gente. Dar buenos frutos para que la gente pueda apreciar la bondad del Padre que les ama y está en medio de ellos. Ampliar nuestra visión hará que se superen las trabas y sepamos ver el sitio que unos y otros debemos ocupar, así como la importancia de cada uno en esta ingente tarea, por que la mies es mucha y los obreros siguen siendo pocos.

  • ¿Creemos que es el Espíritu el que está detrás?

Si la respuesta es sí entonces sepamos acompañarnos unos a otros para ser cada día más fieles a la llamada. Nosotros no podemos querer que nuestras hijas sean lo que nosotros somos, ni opten por lo que nosotros hemos optado, por eso debemos acompañarlas para que descubran a Jesucristo en sus vidas y consigan seguirlo según su vocación. Y sea cual sea ese caminar siempre seremos una familia, y los lazos que nos unen son los que nos darán la fuerza y nos harán cuidarnos unos a los otros. Creemos que algo parecido debería ser entre los que sentimos el mismo carisma.

A modo de reflexión final

Perseguimos un mundo más humano, más divino, y por ello creemos que el evangelio debe llegar a cada rincón de la tierra, el amor de Dios se debe hacer presente a cada hermano necesitado. Para que esto cambie, son sus gentes las que deben cambiar y asumir este cambio en sus vidas, es cada pueblo el que inculturizará el evangelio, el misionero lleva esa Buena Nueva pero ésta debe echar raíces para que no se la lleve las primeras lluvias, son las raíces de las comunidades cristianas de cada lugar las que lo harán y son a ellas a las que debemos cuidar, a los hombres y mujeres trabajadores, padres de familia, miembros de asociaciones, cooperativas y cristianos de base que hacen realidad en sus vidas y en la de sus pueblos el evangelio.

En esta labor nosotros, como laicos misioneros, queremos ser como esas pequeñas plantas que se siembran en terrenos áridos y ayudan a agarrar la tierra en momentos difíciles, ayudan a la fertilidad del suelo para que puedan llegar las especies autóctonas y se vayan fijando y así poco a poco ser sustituidas por éstas y, como cualquier misionero, ir a otras tierras donde se nos necesite.

El carisma es un don para el seguimiento de Jesús, sin duda no es un capricho de nadie, pues fue Él quién nos escogió para seguirle de esta determinada manera. Con la fe puesta en ese seguimiento, todos y todas las que compartimos cada carisma debemos acompañarnos para que lleguemos a la plenitud de la realización del mismo, reconociéndonos unidos en el bautismo como fuente de nuestra esencia. Y sabiendo que el Espíritu ha suscitado este don por el bien de este mundo y de su Iglesia y que nuestra responsabilidad es recrearlo y animarlo poniéndolo al servicio de nuestros hermanos y hermanos, especialmente los más pobres y abandonados.

Comboni decía que la misión no es tarea de un individuo o un instituto sino responsabilidad de toda la iglesia y por eso luchó en su vida, pidiendo ayuda a todos y acogiendo para este servicio a sacerdotes, religiosos, religiosas y laicos de todos los carismas y espiritualidades y creyendo por encima de todo en Salvar África con África, reconociendo en el Espíritu y en la propia gente el protagonismo de la misión, y en los misioneros, cualquiera que sea su opción de vida, unos simples servidores del Reino.




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