DOCUMENTACIÓN

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MISIONES extranjeras
187 Enero-Febrero 2002
LOS LAICOS MISIONEROS

Misiones Extranjeras nº 187/2.002

EL LAICO MISIONERO.

UNA APROXIMACIÓN TEOLÓGICA

Eloy Bueno de la Fuente*

* Eloy Bueno es Doctor en Misionología y Decano de la Facultad de Teología del Norte de España, Sede de Burgos

La experiencia concreta, y en cierto modo numerosa, de laicos misioneros representa una novedad relativamente reciente en el ámbito de la Iglesia Católica. En España cada año un grupo de laicos (jóvenes, matrimonios, profesionales...) se incorporan a la actividad misionera. Han ido surgiendo diversas asociaciones para responder a estas iniciativas y carismas. Incluso la Comisión Episcopal de Misiones publicó en 1997 un documento ("Laicos misioneros") como ayuda al discernimiento y como medio de animación y de reconocimiento. Como en tantas otras ocasiones, la vida va por delante de la reflexión y de la organización.

En pocos años sin embargo se ha operado un cambio radical en la valoración del fenómeno, resulta evidente que la misión universal en el nuevo milenio sólo será posible si realmente los laicos asumen su compromiso y su responsabilidad misionera y si, en consecuencia, el conjunto de la Iglesia hace gravitar su tarea evangelizadora sobre los laicos.

EN EL CENTRO DE UN PERÍODO DE TRANSICIÓN

Esta convicción significa una inflexión notable en la praxis misionera de la Iglesia. Durante muchos siglos el peso de la acción misionera recayó sobre las congregaciones religiosas y de un modo peculiar sobre los institutos específicamente misioneros. La gran época de la expansión misionera de la época moderna ha sido posible gracias a su esfuerzo y a su heroísmo. Ello parecía incluso venir exigido por algunos presupuestos teológicos y prácticos: los religiosos estaban más libres para ir a otras tierras y a la vez vivían la conciencia de una santidad más perfecta que la mayoría de los bautizados.

Paulatinamente se fueron incorporando los presbíteros del clero secular, es decir, los sacerdotes diocesanos. Es interesante observar no obstante que esta incorporación de los presbíteros seculares no se debió a la exigencia que emanaba de su identidad teológica (en cuanto miembros del presbiterio de una iglesia local) sino a la necesidad que sentía Propaganda Fide de contar con misioneros propios de cara a una distribución o planificación más armónica o equilibrada de la acción misionera. A pesar de todo, y aún dentro de esta limitación, parecía normal que los sacerdotes se incorporaran con pleno derecho a la predicación del evangelio y a la plantación de iglesias en regiones lejanas.

A lo largo de todo este proceso los laicos sin embargo no son objeto de atención directa. Son los destinatarios de la evangelización o los colaboradores de los misioneros. Todavía la Misionología católica, desarrollada como ciencia teológica en los comienzos del siglo XX, consideraba a los laicos como "misioneros auxiliares". Así aparecían incluso considerados desde el punto de vista jurídico o administrativo. No podía ser de otro modo en una concepción de la Iglesia fundamentalmente clerical, en la que los clérigos asumían la responsabilidad y la representatividad eclesial. También por tanto en el campo de la acción misionera.

LAS COORDENADAS DE UNA NUEVA LÓGICA

Estas breves observaciones nos permiten destacar una doble lógica que nunca podemos olvidar para valorar el pasado y para construir el futuro:

1. Existe una exacta adecuación entre la figura de la Iglesia y el modo de ejercer la misión, y por ello un cambio en el ejercicio de la misión debe repercutir en la figura de la Iglesia: una Iglesia clerical plantea clericalmente el estilo de la acción misionera, y por tanto la asunción por parte de los laicos de la responsabilidad misionera debe llevar consigo una desclericalización de la Iglesia. En la cuestión de los laicos misioneros está en juego una apuesta de mayor alcance: que la Iglesia se sitúe en estado de misión en el momento histórico en que está llevando adelante su misión.

2. La responsabilidad y la urgencia misionera no arrancaba directa y espontáneamente del bautismo. Hacía falta una precisión ulterior para que un bautizado pudiera ser considerado misionero en sentido estricto: o bien la formulación de unos votos o bien la recepción del sacramento del orden. No era el bautismo el que otorgaba (o exigía) el protagonismo eclesial. Este presupuesto actuaba en todos los campos de la actividad apostólica. Con mayor razón por tanto en un campo tan difícil y arriesgado como la predicación del evangelio entre los no cristianos. Lo cual significa, en consecuencia, que no puede haber laicos misioneros si no se recupera en toda su fuerza el sentido del bautismo (de este modo, además, se conseguirá que la Iglesia clerical centrada en el sacramento del orden se reajuste desde una perspectiva bautismal y por tanto con mayor participación o protagonismo de los laicos). En la cuestión del los laicos misioneros se encierra otra apuesta de mayor alcance: el sentido y las implicaciones del ser cristiano.

La figura de Iglesia y el bautismo son por tanto perspectivas necesarias para comprender el sentido de la participación de los laicos en la acción misionera de la Iglesia. Esta doble perspectiva se hace aún más imprescindible si pretendemos precisar la identidad teológica del laico misionero. Las dificultades que surgen a la hora de precisar cada uno de los términos nos orienta en la misma dirección: lo decisivo en esta cuestión radica en el bautismo y en la figura que adopte la Iglesia.

La definición del laico ha sido un esfuerzo constante de la teología a lo largo del siglo XX, en la época en que se pretendía superar la figura clerical de la Iglesia. Este esfuerzo ha debido luchar contra un peligro o una amenaza que resurgen continuamente: la consideración del laico como no-clérigo o no-religioso. Tanto el Vaticano II como la "Christifideles Laici" han puesto el acento en la dimensión secular o en la índole secular del laico como el rasgo específico que lo caracteriza en el seno de la Iglesia.

Esta solución sin embargo cuenta con notables objeciones. No resulta fácil atribuir al laico actividades que no pudieran ser también desempañadas por presbíteros o religiosos, y tampoco se puede olvidar el hecho de que la secularidad es dimensión de toda la Iglesia. A nuestro juicio el término "laico" sólo tiene sentido dentro del binomio clérigo-laico, y por ello queda condenado a ser considerado como no-clérigo, especialmente porque la figura de la Iglesia ha estado marcada por la primacía del sacramento del orden.

Hay que romper ese círculo vicioso y no considerar al laico aisladamente o en relación al clérigo. No es solución elaborar una "teología del laicado", como se ha intentado durante el último medio siglo. La única vía de salida es la elaboración (en la teoría y en la práctica) de una eclesiología global, articulada en su variedad de ministerios, carismas y vocaciones, de modo que sea así la comunidad concreta, en cuanto organismo vivo, la que se afirma como sujeto y protagonista de la misión de la Iglesia. La cuestión, por tanto, es la figura de la Iglesia, el modo como se articula para el cumplimiento de su misión. Y en ella todos los bautizados deben encontrar su propia responsabilidad y su propia protagonismo.

Una ambigüedad semejante afecta al término "misionero". Tampoco podemos en este momento explicitar de modo detallado la evolución del concepto. Pero sí parece necesario tener en cuenta dos coordenadas de este proceso: de un lado, la repatriación de las misiones (la actividad misionera en sentido específico) en la misión una y global de la Iglesia; de otro lado la ampliación de los horizontes de la misión y el trastrocamiento de las situaciones en las cuales se ejerce actualmente la misión de la Iglesia. El concepto "misionero" se ha hecho más flexible y fluido. Por ello una de las tareas más significativas de la misionología reciente en el ámbito católico ha consistido en conjugar esa transformación del concepto de misión con la validez y el sentido de la misión ad gentes en sentido propio. ¿Cuándo se puede decir por tanto que un laico es misionero? ¿Habrá de recurrirse a un criterio geográfico o jurídico, o será necesario tener en cuenta ante todo el modo de su inserción eclesial y las implicaciones de su compromiso bautismal?

Estas preguntas se agudizan ante una de las experiencias nuevas de la praxis misionera. La ayuda al desarrollo, la solidaridad con los desfavorecidos, la cooperación internacional, la promoción de la justicia y de la liberación... han pasado a formar parte de una concepción integral de la misión de la Iglesia. Simultáneamente la sociedad civil ha dado origen a nuevas realizaciones de la solidaridad humana, y por eso han proliferado los cooperantes, los voluntariados, las organizaciones no gubernamentales... Son por tanto espacios o ámbitos en los que misioneros cristianos se encuentran (y colaboran) con las iniciativas sociales, y de hecho en numerosas ocasiones se funden o se confunden. ¿Qué diferencia en consecuencia existe entre un cooperante que actúa al margen de la fe o de los cauces eclesiales y el cristiano que realiza las mismas actividades en nombre del evangelio, como expresión del seguimiento de Cristo? ¿Sería suficiente una actividad anónima o se requiere una referencia explícita a las motivaciones de fe? Como criterio de discernimiento parecería de nuevo que resulta inevitable la referencia al bautismo, a su sentido y a sus implicaciones.

EL BAUTISMO COMO RESPONSABILIDAD Y PROTAGONISMO EN LA HISTORIA DE LA ALIANZA

Cuando hablamos del bautismo como fundamento de la participación del laico en la misión de la Iglesia en el amplio sentido del término estamos refiriéndonos a una comprensión del bautismo en su más radical significado en la lógica de la historia de la salvación. El bautismo por tanto no debe ser comprendido fundamentalmente como un acto de la Iglesia en virtud del cual el convertido se ve libre del pecado original, recibe la gracia de Dios y en consecuencia es hecho miembro de la Iglesia. Todo ello es cierto, pero adolece de una comprensión individualista y particularista. Parecería, desde este planteamiento, que el bautismo es algo que afecta directamente, de un modo especial, al sujeto concreto, a su propia situación espiritual, al destino de su alma tras la muerte y a las obligaciones y derechos que le corresponden en el seno de la Iglesia.

Hay que recuperar una concepción más amplia y radical del bautismo, como un acontecimiento objetivo, que estructura la historia de la salvación y que prolonga la historia de la alianza. Por ello debe quedar claro que el bautismo es un acto de responsabilidad, de protagonismo y consiguientemente de compromiso con todas las exigencias e implicaciones de la historia de la alianza. El bautismo debe ser redescubierto desde una dimensión desindividualizada, como referencia a una historia que precede al sujeto individual y de la que ya ha asumido su compromiso la comunidad eclesial. En esa exigencia objetiva previa se integra el nuevo bautizado porque ha aceptado en un acto de fe el horizonte de la alianza.

El bautismo debe ser valorado como un momento interno al gran sacramento de la iniciación cristiana. La iniciación cristiana (bautismo, confirmación, eucaristía) es la actualización permanentemente repetida del misterio pascual, que es el que sella y garantiza la nueva alianza. La nueva alianza ni quiebra ni anula la antigua alianza, sino que la recibe, la asume y la transforma en una mayor perspectiva de universalidad, de generosidad y de pretensiones (porque hace ver hasta dónde llega el diálogo y el compromiso de Dios, del Dios trinitario, en el seno de la historia de los hombres). Es por ello necesario lanzar una mirada al sentido y al alcance de la historia de la alianza para comprender las exigencias de responsabilidad universal que brotan del bautismo.

LA MIRADA UNIVERSAL DE LA ALIANZA DE DIOS

La historia de la salvación narrada en la Biblia recibe su coherencia y su sentido de la experiencia de la alianza. Es esta convicción la que sustrae al conglomerado de los relatos veterotestamentarios de la dispersión de una heterogeneidad de textos y sucesos inconexos. La diversidad de narraciones y de géneros literarios, la variedad de protagonistas en el tiempo y en el espacio son integrados en una lógica común porque se integran en un mismo proyecto de alianza que es la misión de Dios. Es un proyecto que ciertamente arranca de Dios, pero que posee una estructura constante, que es la que nos interesa poner de relieve: tiene una visión universal y avanza en virtud de los personajes humanos que se integran en ella como responsables y protagonistas.

El compromiso de Dios con la naturaleza y la humanidad queda claramente expresado en el relato mismo de la creación. El hecho de que el hombre surge como imagen de Dios y por ello como susceptible de un diálogo personal, el hecho de que Dios experimenta el descanso del sábado, gozo de la bondad y de la belleza de la creación que puede convertirse en un banquete permanente para el hombre, el hecho de que el paraíso es presentado como una situación de armonía para la existencia humana en el seno de la naturaleza, deja ver con claridad que el sueño de Dios, su proyecto más profundo, consiste en una felicidad sin limitaciones y sin exclusiones para la familia humana. Dios por tanto, precisamente por su acto creador, no queda desvinculado de sus criaturas, sino unido al destino de todas sus criaturas...

Pero esta vinculación radical se hace más explícita, y por ello más comprometida, precisamente porque el proyecto de Dios se truncó. La libertad de la criatura y la fragilidad de su contingencia introdujeron una quiebra en el designio de Dios: el hombre desfiguró su imagen, el gozo del sábado inicial se trastocó en desventura y la humanidad debió avanzar como peregrina, exiliada del paraíso. La vinculación de Dios en tales circunstancias se hace más comprometida por medio de la promesa de un salvador, como manantial de la esperanza, y por medio del pacto con Noé como alianza cósmica.

Esta alianza en medio de las divisiones de la historia se hace más clara y arriesgada, más significativa desde nuestro punto de vista, en el caso de Abraham, el primer personaje histórico con el que se establece una alianza (sin la cual la misión de Dios quedaría reducida a algo abstracto o genérico). Sobre el trasfondo de la dispersión de la humanidad, narrada en Babel, se dirige la interpelación a Abraham. La vocación de Abraham recibe su horizonte y su contenido de la dura experiencia de pueblos enfrentados e incomunicados. Es esa la perspectiva de misión que antecede y que provoca la llamada dirigida a Abraham. Desde este presupuesto se pueden desglosar algunos aspectos que desvelan la lógica que iluminará el sentido del bautismo:

1. Abraham hace su aparición como figura mediadora, que por ello debe servir a la realización del proyecto originario de Dios. La relación de Dios con la historia debe acontecer por medios históricos, a través de personas concretas. Por ello la intervención de Dios implica una tarea, un encargo.

2. Ese encargo y esa tarea reciben su contenido y su fuerza de la mirada universal de Dios: Abraham será vehículo y testigo de la bendición de Dios a favor de todos los pueblos, él deberá retejer la unidad perdida de la familia humana, su salida de la propia tierra consiste en aventurarse en el futuro del Dios que acompaña a la humanidad en su peregrinación... La alianza hace concreta la misión de Dios, pues la vincula a las circunstancias reales de la historia.

3. La fe de Abraham no es ante todo aceptación del mensaje de Dios o una confianza ciega en un Dios absolutamente trascendente, sino que es ante todo su disponibilidad y su disposición a asumir la responsabilidad y el protagonismo que se le ofrecía en el nacimiento mismo de su vocación. Gn 22,1.11 (ante la difícil prueba del sacrificio de Isaac) expresa con claridad el sentido de la fe: "heme aquí, aquí estoy". Es decir, el destino de la alianza no resulta algo extraño, ajeno o distante, sino el horizonte de la propia vida. La circuncisión, como rito, no será un gesto mágico sino la expresión de un compromiso personal: "aquí estoy", es decir, la disposición a cargar con el peso o la responsabilidad de la misión de Dios en medio de las complejidades y dificultades de la historia.

Dentro de la misma lógica hay que comprender la alianza con el pueblo de Israel. En definitiva es prolongación de la alianza de la creación y del "heme aquí" de la alianza con Abraham. También Moisés responde "heme aquí" (Ex 3,3) cuando es llamado como mediador en un acto liberador del que va a surgir un pueblo, Israel, con el cual Yahvé va a establecer una alianza en el Sinaí. El pueblo nace (es llamado) para cumplir una misión sacerdotal: testimoniar las maravillas de Yahvé ante todas las naciones como invitación para que se integren en el proyecto de Dios y de este modo se restaure el sueño de los orígenes. Es por tanto un pueblo que nace como misión, como servicio a la mirada universal de Dios. Los profetas recordarán a sus conciudadanos el aliento de la llamada misionera originaria. Es cierto que el pueblo de Israel cedió frecuentemente a la tentación del particularismo. Pero, a pesar de todo, Israel nunca pudo relegar ni olvidar sus orígenes y la iniciativa de Dios: los relatos de la creación y el recuerdo de Abraham y su alianza se sedimentaron en la memoria de Israel como punto de referencia irrenunciable. De ahí arrancaban sus propias raíces como pueblo y las exigencias de su misión (aunque fueran relegadas o reprimidas en numerosas ocasiones).

Esta alianza del pueblo tampoco podía quedar reducida al momento de su constitución. También ella exigía su prolongación, encerraba una vocación de futuro, era misión histórica. La celebración anual de la pascua y la comida del cordero pascual eran un memorial que actualizaba el pasado como apertura de futuro. A nivel colectivo el pueblo se redescubría como fruto de la alianza, como llamada a la fidelidad, al compromiso asumido, como expresión de la propia identidad sacerdotal, como acto de agradecimiento a Dios, como compromiso permanentemente repetido en una historia que incorporaba al pueblo que seguía celebrando la pascua. A nivel individual, especialmente respecto a las generaciones más jóvenes, expresaba que cada miembro de las nuevas generaciones pronunciaba su "heme aquí" respecto a esa larga historia de la alianza que arrancaba de la mirada universal del Dios creador.

El pueblo de Israel leería desde esta clave su existencia, y por ello no podía comprender a Dios más que desde su presencia en el acontecimiento fundador de la liberación de Egipto. Resulta por ello lógico que la pascua sirviera para entender el ministerio de Jesús e igualmente el nacimiento y misión de la Iglesia. Desde estas coordenadas se hará patente el sentido del bautismo.

EL BAUTISMO EN LA PASCUA DE LA ALIANZA DEFINITIVA

El envío de Jesús y su autoconciencia como Hijo debe enmarcarse dentro de la lógica de la alianza que se movía entre la voluntad originaria de Dios y las quiebras de la historia. Su anuncio del Reino de Dios, como evangelio y jubileo, pretende reconvocar a su pueblo para que sea fiel a su vocación primera, reafirmar la misericordia y la justicia de Dios a favor de los más necesitados, restaurar la imagen del hombre desde la experiencia de filiación, mostrar los signos de la soberanía de Dios, superar las exclusiones y exclusiones que provocan las divisiones humanas, eliminar las raíces de la violencia, abrir el espacio para la reconciliación de los hombres con Dios y de ellos entre sí... El Reino de Dios debía ser el hogar en el que el Padre reúne a los hijos para la fiesta permanente, el paraíso en el que se recupera la armonía perdida. Llama a Doce para que simbolicen al pueblo reconvocado y para que testimonien un tipo de comunidad humana que se mueve desde los criterios del Reino de Dios. El Reino de Dios forma parte de la lógica de la alianza y deberá permanecer como punto de referencia permanente para quienes se descubren llamados al seguimiento de Cristo.

El rechazo del Reino y de su mensajero es ocasión para que la lógica del evangelio y de la alianza que Jesús ofrece dejen ver hasta dónde llega la generosidad y la entrega del Hijo. El gesto de la cena de despedida con sus discípulos muestra con claridad el sentido pascual de su muerte. Y la resurrección de Jesús, como nueva Pascua, despliega en todo su esplendor el sentido y el alcance de esa alianza que ya va a ser alianza definitiva: el Padre no resucita a Jesús contra nadie sino a favor de todos (también de sus perseguidores), mostrando así el rostro de un amor que no se deja apresar por las redes de la venganza, del castigo o del reproche; más allá de ello, el Jesús Resucitado y Glorificado, como nuevo Adán, muestra en la historia lo que es la nueva creación y la nueva humanidad, anticipando en nuestro mundo lo que la creación está llamada a ser en su consumación. El Reino de Dios anunciado y hecho presente por Jesús no podrá ser ya nunca considerado al margen del Resucitado, pues en él se realiza el proyecto originario de Dios y el contenido mismo del Reino.

Hay que captar en toda su hondura la novedad y singularidad de la nueva Pascua para comprender el contenido de la Alianza definitiva (que asume la anterior, pero enriquecida con la revelación definitiva del Dios trinitario). El grupo de los Doce, y los convocados por el acontecimiento de la Pascua, constituyen la Iglesia: ésta, como pueblo de la Alianza definitiva, se afirma en la celebración gozosa del misterio pascual, que se prolongará en la celebración bautismal. Surge así la Iglesia como experiencia de alegría que transforma al hombre, que establece unas nuevas relaciones humanas y que por ello se abre con una mirada nueva al conjunto de la realidad.

El bautismo (y la eucaristía) no es más que la celebración actualizada del acontecimiento fundador de la Alianza definitiva. La comunidad que surge de la Pascua no puede ser ella misma más que celebrando el memorial del misterio pascual de Jesucristo. Y esta celebración es invitación y convocatoria. Por eso los convertidos, es decir, aquellos que participan de la alegría de la Pascua, han de pronunciar su propio "heme aquí" respecto a esa Alianza que les ha convocado y de la que se comprometen como responsables y protagonistas.

Conviene insistir en un aspecto: no se trata simplemente de que la Iglesia "bautice" a un nuevo miembro, como si el bautismo fuera algo que la Iglesia "hace" a favor de quien lo solicite y como si éste "recibiera" algo de la Iglesia. Debe ser comprendido en analogía con lo indicado acerca de la cena pascual judía: es la comunidad eclesial la que debe seguir bautizándose en el misterio pascual, como signo de fidelidad a su vocación y misión, y por ello acoge el bautismo de los nuevos miembros, los cuales se integran en todas las responsabilidades, compromisos e implicaciones de esa Alianza que llega hasta él y que a través de él seguirá prolongándose en la historia, a favor de la humanidad entera y de toda la creación. El laico es ante todo un cristiano. Su dimensión laica o su índole secular sólo puede ser vivida cristianamente desde el bautismo así comprendido.

EL DINAMISMO DE LA MISIÓN UNIVERSAL DE UNA IGLESIA BAUTISMAL

El bautismo sella, como hemos visto, un modo nuevo de vida, personal y comunitaria, que introduce en la historia humana una voluntad de transformación desde el criterio del sueño de Dios y de la consumación escatológica, de la creación originaria y de la nueva creación. La Alianza definitiva realizada en Jesús, el Hijo, es el punto de referencia irrenunciable. Y por ello conserva y radicaliza la universalidad de la que hemos venido hablando: tanto en sentido cuantitativo, porque abarca la creación entera, como en sentido cualitativo, porque se refiere a la plenitud e integridad de la vida regalada por Dios.

La Iglesia, en cuanto vive consciente y lúcidamente su origen bautismal, hace presente en el mundo la novedad de la Alianza. Más aún: para eso ha sido convocada y para eso existe. Desde la fidelidad a esta vocación originaria debe valorar su modo de actuación y debe discernir la articulación de sus actividades. Es ese componente bautismal el que le recuerda, como llamada permanente a la conversión, que nunca puede estrechar o limitar sus pretensiones y sus aspiraciones. Es por ello comprensible que desde su origen sea apostólica: porque está cimentada sobre los testigos de la resurrección y porque es enviada para que ese testimonio sea experiencia viva y concreta en todos los lugares de la tierra.

IGLESIA DE BAUTIZADOS: COMUNIDAD DE LA ALIANZA

El bautismo no es, a la luz de lo visto, un acto eminentemente individual. Pues es la Iglesia quien lo celebra. Ni siquiera basta decir que tiene como efecto introducir al bautizado como nuevo miembro. Al celebrar el bautismo sigue asumiendo, como comunidad de personas, el proyecto de la Alianza, en su apertura universal y en sus implicaciones ilimitadas. Por ello esa comunidad de bautizados es intrínsecamente misionera, con una misión sin fronteras, pues es lo que exige la Alianza.

La Iglesia es ante todo las personas que la constituyen. Y todas ellas - sin distinción alguna- han de asumir la responsabilidad de la misión. Por tanto toda comunidad eclesial que se sienta de modo efectivo protagonista de la misión y de la Alianza debe contemplarse, vivirse y organizarse desde dos coordenadas que merecen una mención explícita.

Esta doble coordenada, si se aplica a las personas concretas, dará origen a modalidades diversas de compromiso con la misión y con la Alianza. Ese es el espacio peculiar de los bautizados que llamamos "laicos". Lo decisivo sin embargo de su contribución peculiar arranca del bautismo en cuanto es modulado por las circunstancias.

LA IGLESIA SE EDIFICA PARA EL SERVICIO DE LA EVANGELIZACIÓN

La Iglesia, en cuanto realidad personal, es un edificio "de piedras vivas", pues cada uno de sus miembros es en verdad la Iglesia enviada como servidora y testigo de la nueva Alianza.

Pero por ser organismo vivo y realidad personal no se debe pensar que todos los bautizados son Iglesia de modo uniforme u homogéneo. Cada uno aporta su propia peculiaridad, pues cada uno ha recibido de un modo propio el don del Espíritu. Este don del Espíritu, en cuanto modulado por la propia experiencia creyente, es el carisma. Difícilmente se puede dar un bautizado sin carisma. También - y sobre todo- en el ámbito eclesial hay que recordar que no hay copias sino originales, porque cada carisma es peculiar, insustituible.

Lo mismo podemos decir de las vocaciones en la Iglesia. Cada uno ha sido llamado por su nombre, y por ello cada uno ha de responder personalmente, y de modo irremplazable, a la llamada que le ha sido dirigida. Hay diversidad de vocaciones y por ello modos diversos de situarse en la Iglesia y en sus responsabilidades. Algunas de ellas contienen rasgos semejantes, y por eso pueden ser denominadas con un término común (presbíteros, consagrados con votos, laicos que viven su vocación en las realidades mundanas). Pero lo decisivo es su carácter cristiano, en cuanto se modula según las circunstancias y la vocación.

La variedad de carismas y de vocaciones deben ser valoradas desde su capacidad o potencialidad para desarrollar la misión de la Iglesia y la prolongación de la Alianza. El carisma tiene como objetivo la edificación de la Iglesia. Pero la Iglesia se edifica con el objetivo de servir fielmente a la misión de Dios. Por ello no puede haber vocación cristiana (tampoco entre los laicos) que se desvincule del dinamismo del proyecto universal de Dios que se va expresando a través de las diversas alianzas.

UNA IGLESIA QUE SALE AL ENCUENTRO DE LOS PUEBLOS CRUZANDO ORILLAS

Esta experiencia eclesial que se edifica para la evangelización no puede quedar reducida al propio ámbito comunitario. Ha de salir al encuentro del otro, de los otros, que se encuentran fuera. Vive de un dinamismo que se abre como una invitación para la acogida y para la transformación de los hombres, de las relaciones entre los pueblos, de la realidad en su conjunto. Así se fue haciendo la Iglesia en la historia.

En un primer momento el grupo inicial de seguidores de Jesús y de los convocados en la Pascua se encontraban en el cenáculo. Pero fueron empujados por el Espíritu a salir del cenáculo para afrontar los dramas de la historia y el enfrentamiento entre los pueblos. En ese paso trascendental consistió Pentecostés. La alianza de Abraham se hacía efectiva gracias a la Iglesia: frente a la división o separación de los pueblos, reflejada en el relato de Babel, el servicio al evangelio por parte de la Iglesia consistió en realizar la reconciliación entre los pueblos, convocados por el mismo anuncio y la misma experiencia.

La Iglesia sale del cenáculo sintiéndose misionera en cuanto reconstituía la unidad perdida o amenazada de la familia humana. Y a partir de ese momento la historia de la Iglesia iba a desarrollarse naciendo entre los diversos pueblos, como acto de reconciliación, unificando a hombres y mujeres de diversas razas al integrarlos en la misma Alianza de alcance universal.

Ese dinamismo iría encontrando modalidades multiformes a lo largo de los siglos en función de las circunstancias históricas. En un primer momento todos los bautizados (soldados, comerciantes, viajeros...) eran conscientes de la obligación que contraían. Algunos de un modo especial se consagraban enteramente al despliegue de la misión comunitaria. Pero todos se vivían como iglesia concreta en estado de misión en medio de un entorno pagano y con la mirada puesta más allá del propio ámbito comunitario. Y cada uno lo realizaba según sus posibilidades, en fidelidad al propio carisma. Aún en medio de las lógicas insuficiencias, el modo de vivir la propia fe llevaba consigo la obligación de un testimonio novedoso en medio del mundo no creyente.

Posteriormente esta conciencia compartida se manifestaría especialmente en las grandes encrucijadas históricas. Cuando pueblos desconocidos fueron penetrando en el marco del Imperio romano las distintas comunidades eclesiales, bajo el estímulo de los obispos, supieron acoger a aquellos pueblos desconocidos en el seno de la Iglesia (es de reseñar por ejemplo el papel activo asumido por las mujeres en su vida familiar y matrimonial).

Un esfuerzo insuperable se realizó en el momento de la ampliación de horizontes geográficos al inicio de la época moderna. En los navíos de los conquistadores se encontraban numerosos miembros de congregaciones religiosas. Pero su tarea hubiera sido menos eficaz sin el apoyo de capitanes, soldados, funcionarios, hombres de letras... Con todos los condicionamientos de la teología de que disponía y con todas las miserias de los intereses humanos y mundanos, lo que resulta significativo es que los protagonistas de aquella aventura consideraban que su presencia en aquellos lugares no podía prescindir de la presencia de la Iglesia y de la celebración de la fe. Incluso no fueron escasos los intentos de dar origen a modos de vida que respondieran al proyecto original del Dios de la creación. La misma denuncia profética de muchos misioneros vivía de la utopía del paraíso y del jubileo del Reino.

En todos estos ejemplos históricos se nos impone una pregunta que debe valer para nuestro presente: ¿quiénes está realmente presentes en esas encrucijadas históricas y sociales? Cada uno a su modo y con posibilidades distintas, limitado incluso por el horizonte cultural y teológico de la época, pero con la voluntad de responder a la Alianza. Hemos ido introduciendo alusiones a personas múltiples que se han sentido protagonistas desde su fe y desde su modo de estar en la Iglesia. Esa ha de ser clave y criterio para nuestro discernimiento actual.

EL TRASTOCAMIENTO DE SITUACIONES: LAS ORILLAS DE NUESTRAS ENCRUCIJADAS

Tantos esfuerzos evangelizadores, que pretendían integrar a nuevos grupos humanos en la Alianza de Dios en Jesucristo, fueron dando origen a numerosas misiones que, con el paso del tiempo, se fueron constituyendo y afirmando como iglesias locales, con todas las virtudes y defectos de una experiencia de novedad y de juventud. Este inmenso esfuerzo ha ido haciendo de la Iglesia de Jesucristo una Iglesia auténticamente mundial que se siente y se descubre como comunión de iglesias. Esta nueva experiencia encierra la mayor riqueza para avanzar en el tercer milenio de un mundo globalizado.

Conviene observar que todo este inmenso esfuerzo fue posible no sólo gracias a la tarea de clérigos o de extranjeros. Sin la responsabilidad de muchos bautizados, especialmente nativos, no hubiera cuajado la consolidación de iglesias conscientes de sí mismas. Catequistas, responsables de comunidades, políticos, intelectuales, madres de familia, profesionales... hicieron que la Alianza de la nueva Pascua se hiciera presente en la mayor parte de las regiones y culturas de nuestro mundo.

Con la mirada puesta en el futuro se puede afirmar que la misión universal de la Iglesia (y la misión de Dios) no se realizará si los diversos miembros de la Iglesia no asumen su propia responsabilidad. Y ello lógicamente se ha de referir de modo especial a aquellos que se encuentran realizando su vocación cristiana en las actuales encrucijadas de la historia, en las autopistas por las que se mueven nuestros contemporáneos. Son esas encrucijadas y esas autopistas las que van señalando las orillas que hay que atravesar y las fronteras que hay que rebasar. Precisamente en un mundo globalizado y en una civilización unificada las orillas y las fronteras se multiplican, se diversifican y se hacen más complejas. Por eso es tarea fundamental de las diversas comunidades eclesiales el discernimiento que permita identificar los carismas presentes en su seno y para ofrecerles los cauces y el apoyo que sean necesarios. No puede bastar evidentemente que algunos se sientan llamados y que respondan con generosidad, es preciso que su compromiso sea vivido como proyección de toda la comunidad eclesial.

Durante mucho tiempo, como indicábamos, había dominado una concepción geográfica de la misión: los misioneros debían alejarse de su lugar de origen para acceder a territorios lejanos. En la actualidad la lejanía y la salida deben ser comprendidas en una perspectiva nueva: hay espacios de vacío soteriológico que deben ser evangelizados (la pobreza, la opresión, la soledad), hay espacios culturales en los que debe sembrar la semilla del evangelio (literatura, música, publicidad), hay espacios institucionales en que se debe introducir la presencia cristiana (la empresa, los organismos internacionales, las estructuras políticas), hay espacios sociales en los que hay que presentar el testimonio cristiano (los nuevos movimientos sociales), hay espacios de comunicación en que debe resonar el relato de la Alianza (el amplio mundo de los medios y de la red informática). ¿Quiénes están en esas fronteras o en esos areópagos para vivir como cristianos? El "heme aquí" de su fe tendrá espontáneamente una dimensión universal.

El novedoso mensaje de Juan Pablo II desde la "Redemptoris Missio" apunta en esta dirección. Trata de defender el sentido válido de la misión ad gentes y de la universalidad de la misión de la Iglesia. Incluso mantiene la validez del criterio geográfico porque cuantitativamente el número de no cristianos ha crecido significativamente. Pero a la vez reconoce la fluidez de los criterios clásicos y el trastrocamiento de situaciones. Por ello despliega ante los ojos de las iglesias locales y de los bautizados singulares la perspectiva de los nuevos modos y los nuevos horizontes de la misión. Especialmente se refiere a los "nuevos areópagos" y a las "fronteras de la historia": esos son los lugares y las encrucijadas por los que debe avanzar el dinamismo de la Alianza.

En estos lugares y espacios humanos pueden ciertamente actuar presbíteros y consagrados. Pero deben ser fundamentalmente los laicos quienes vivan en esos ámbitos seculares su vocación cristiana y su envío apostólico. Sobre todo la propia profesión debe ser vivida cristianamente en clave de misión. Pero además todos pueden promover una más eficaz presencia del evangelio a través de las mediaciones sociales y políticas. Ante la magnitud del desafío se impone con más fuerza el juicio que enunciábamos anteriormente: sin el compromiso misionero de los laicos la misión universal y sin fronteras de la Iglesia quedará bloqueada porque no se desplegará en las encrucijadas y autopistas de la civilización del futuro. Por ello debe resonar en toda su fuerza profética la afirmación contundente de Juan Pablo II: la misión de la Iglesia está todavía en sus comienzos.

EL MULTIFORME COMPROMISO MISIONERO DE LOS LAICOS

"Cristianos laicos Iglesia en el mundo" es el título afortunado y expresivo publicado por los obispos españoles: los laicos son ante todo cristianos (bautizados en y como Iglesia), son la Iglesia en el mundo, porque especialmente en ellos la Iglesia y la Alianza encuentran las realidades mundanas en las que los hombres realizan su vida y construyen su futuro. Ya hemos mencionado, dentro de esa lógica, el dinamismo y los ámbitos que dan dimensión universal al testimonio de su fe. Los laicos cristianos (los cristianos laicos) deben ser educados en estas perspectivas, para que descubran nuevas vías a su inserción eclesial y vivan permanentemente de la fuerza rejuvenecedora y de la alegría de la misión.

Los laicos profesionales deben generar asociaciones de carácter técnico o especializado para afrontar la evangelización en los "nuevos horizontes de la misión". Es un modo de vivir comunitariamente la propia vocación cristiana. De modo especial las iglesias locales deben estimular este tipo de agrupaciones, que responden a la dinámica eclesial, para hacerse presente a través de ellas en los nuevos horizontes de la misión. Se debe evaluar y apoyar lo que de "salida" y "éxodo" hay en compromisos semejantes, especialmente si tenemos en cuenta que en buena medida los nuevos mundos de nuestra civilización se apoyan sobre bases paganas (al margen por tanto del relato cristiano de la Alianza de Jesucristo).

Este tipo de asociaciones pueden servir también de cauce para envíos a otras zonas geográficas. De hecho este tipo de asociaciones es en la actualidad más abundante que las señaladas en el párrafo anterior. Estas asociaciones muestran otro modo, profundamente significativo, de la salida. Las comunidades eclesiales no deben ver tales iniciativas como algo distante sino como prolongación de la misma vida de la comunidad. Desde esta perspectiva las comunidades eclesiales pueden valorar también como servicio misionero la variedad de actividades que llevan adelante los laicos (cooperación, desarrollo, promoción, educación, pacificación...).

También en la vida cotidiana de la comunidad el laico debe conservar y cultivar su dimensión misionera. Debe hacer posible que la comunidad viva en estado de misión, como testimonio en su entorno, y con la mirada abierta a las necesidades evangelizadoras del mundo entero. La información, la oración, el apoyo económico, los contactos personales, la escucha de los relatos misioneros de quienes los han protagonizado... han de formar parte del tejido cotidiano de la vida comunitaria. El bautismo y la inserción eclesial deben mostrar su fecundidad en el entramado de la cotidianeidad eclesial. De ello depende el optimismo y la juventud de cada una de nuestras iglesias. Por eso la animación misionera debe integrar estos nuevos planteamientos, pero tampoco ello será posible si los laicos no lo asumen como competencia propia.

CONCLUSIÓN

Tal vez algún lector pueda pensar que no hemos hablado suficientemente de los laicos misioneros, o que no lo hemos hecho de modo directo. Queremos recordar sin embargo que hemos insistido fundamentalmente en el hecho de que la Iglesia debe estructurarse desde el bautismo y de que todos los cristianos - cada uno en sus circunstancias- deben asumir su responsabilidad misionera. ¿No es ello hablar continuamente de los laicos misioneros y de que son ellos precisamente los que deben configurar el rostro de la Iglesia en el futuro?

También los laicos misioneros deben redescubrir permanentemente el carácter cristiano de su compromiso, que no puede apoyarse más que en el bautismo. Ello no los aleja de los problemas del mundo, sino que los inserta más profunda y responsablemente en ellos, especialmente si los contemplan desde la perspectiva de la Alianza. Solidarios con los hombres y mujeres de su tiempo, actuando con ellos y a favor de ellos, pueden aportar una contribución peculiar: desde la Alianza de Dios en Jesucristo la historia adquiere un sentido nuevo porque en Jesús Resucitado se realiza la plenitud de lo humano y se anticipa la nueva creación; cada ser humano adquiere así una dignidad insuperable: por ser hijo en el Hijo gracias al gozo del Espíritu adquiere nueva garantía la esperanza.



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