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LA IGLESIA ESPAÑOLA Y LOS LAICOS MISIONEROS
Al ya pasado siglo XX se le pondrá algún nombre: el siglo de las grandes guerras mundiales, del sida, de los nacionalismos, del hambre, de los totalitarismos, de la violencia y el terrorismo, de los emigrantes y refugiados, de las minas personales, del genocidio, de la corrupción, de la persecución religiosa, de las explosiones nucleares... También podría llamársele el siglo de la solidaridad, del voluntariado, de las misiones. Pues en medio de tantos conflictos, hemos visto como se desencadenaba un amplio sentido de cooperación y de ayuda. En la documentación preparada como instrumento de trabajo para la décima asamblea general ordinaria del Sínodo de los Obispos, hay dos ideas que merecen nuestra atención: el puesto de los laicos en la Iglesia y su participación en la misión redentora (nn. 91-94). "Un laicado adulto bien formado no sólo doctrinalmente, sino también eclesialmente, es esencial para el ministerio de la evangelización (...) Se pide una mayor confianza de parte de los obispos y de los presbíteros en los laicos, que frecuentemente no se sienten apreciados como adultos en la fe y quisieran sentirse más partícipes en la vida y en los proyectos diocesanos, especialmente en el campo de la evangelización" (ib. 94). Se ha insistido mucho sobre la importancia y responsabilidad de los laicos en la actividad misionera de la Iglesia. Su participación en el anuncio de la fe aparece en todas las épocas de la historia de la Iglesia. Incluso, algunas Iglesias han tenido su origen gracias a ellos. "Todos los fieles compartan tal responsabilidad no es sólo cuestión de eficacia apostólica, sino de un deber-derecho basado en la dignidad bautismal, por la cual los fieles laicos participan, según el modo que les es propio, en el triple oficio - sacerdotal, profético y real- de Jesucristo. Ellos, por consiguiente, tienen la obligación general, y gozan del derecho, tanto personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo; obligación que les apremia todavía más en aquellas circunstancias en las que sólo a través de ellos pueden los hombres oír, el Evangelio y conocer a Jesucristo. Además, dada su propia índole secular, tienen la vocación específica de «buscar el Reino de Dios tratando los asuntos temporales y ordenándolos según Dios»" (Redemptoris missio 71). En el documento Cooperatio missionalis se insiste en el valor misionero de la secularidad, del buscar el reino de Dios tratando las cosas temporales y orientándolas según los principios cristianos (n. 17). En este espíritu, son numerosas las instituciones de carácter laical nacidas en España en los últimos años y que están partiendo para otros países con el fin de contribuir al anuncio del evangelio. Su carácter misionero les diferencia de quienes como cooperantes participan en acciones de carácter exclusivamente social y humanitario. Además de anunciar el evangelio, los laicos misioneros, con su trabajo profesional y evangelizador, contribuyen al desarrollo y a la promoción humana y social de los pueblos. 1. LA CONFERENCIA EPISCOPAL ESPAÑOLA Aunque no haya sido siempre de una manera explícita, sin embargo, la Conferencia Episcopal, en sus documentos más importantes, no ha dejado de referirse y de orientar la vocación evangelizadora laical y misionera. En la reflexión sobre la misión e identidad de la Iglesia en nuestra sociedad "Testigos del Dios vivo" (28-6-85), se insiste en la realización del Reino de Dios y en que la Iglesia debe responder a la apertura y a la universalidad de su misión: Dios quiere la salvación de todos. "Los mejores cristianos, en la medida en que han vivido este misterio de comunión con el amor de Dios v de Cristo, se han sentido enviados al mundo, solidarios con los sufrimientos y las esperanzas de los más pobres y necesitados, responsables de alguna manera, juntamente con Cristo, de la liberación y salvación de todos" (n. 54). Con la instrucción pastoral de la Comisión permanente "Los católicos en la vida pública" (22-4-86), se pretendía orientar la manera propia de participar los seglares en la animación evangélica del orden temporal: presencia activa en el mundo, testimonio y anuncio de la fe, ejercicio de la caridad. Los laicos en su "doble condición de ser miembros de pleno derecho en la Iglesia y de vivir plenamente insertos en el mundo, tienen especial aptitud y misión para ser los 'testigos del Dios vivo' en el mundo" (n. 106). De nuevo, una instrucción de la Comisión permanente del episcopado iba a poner el acento en el laico misionero en un tema tan importante como es el de la paz. "Constructores de la paz" (20-2-86), con una "apuesta profética y realista", como decía Mons. Echarren en la presentación, anima todas aquellas iniciativas que favorezcan el conocimiento y la colaboración con cristianos y ciudadanos de otros países; llama a anunciar el evangelio de la paz; a participar personalmente en obras de promoción mediante la prestación de servicios voluntarios dentro o fuera de España (n. 132). Aunque el documento "La verdad os hará libres" (20.11.90) se dirigía a la conciencia cristiana ante la situación de nuestra sociedad, "todos los cristianos, nos debemos sentir urgidos a ofrecer con sencillez y confianza lo que, para nosotros, es el único camino de salvación, el que Dios ha dispuesto para ofrecerlo a todos los hombres: Jesucristo, Verdad y Vida (...). Este es nuestro mejor servicio a los hombres y nuestra más valiosa aportación a la sociedad: hacer posible a todos el encuentro con Jesucristo" (n. 51). No podían ofrecer los obispos una orientación más clara sobre la responsabilidad misionera de cuantos componen la comunidad cristiana. De una manera explícita, "Los cristianos laicos, Iglesia en el mundo", sobre el compromiso de los seglares en la vida de la Iglesia y en la sociedad civil, trataban de la corresponsabilidad de los laicos en la evangelización misionera. "Las familias, los grupos y comunidades eclesiales, las asociaciones y movimientos han de ser sensibles y considerar propias las necesidades de la Iglesia universal y promoverán de entre sus miembros vocaciones para la misión ad gentes, animando el verdadero sentido misionero en sus tareas comunes" (n. 38). 2. COMISIÓN EPISCOPAL DE MISIONES La Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias publicó en el año 1997 el documento "Laicos misioneros", que sigue siendo fuente imprescindible para la formación y la acción de los laicos que son llamados por Dios a la misión ad gentes. A este respecto, se está llevando a cabo un trabajo conjunto y continuado - coordinado por el Secretariado de la Comisión Episcopal- entre las distintas asociaciones de laicos misioneros que han ido naciendo en España. La Comisión Episcopal de Misiones y Cooperación entre las Iglesias quiere insistir en la colaboración con las diócesis para llevar a cabo una sistemática tarea de animación, formación y promoción de la vocación laical misionera. Atender a la formación integral de los laicos que se preparan para la misión ad gentes. Buscar soluciones a los problemas sociales, económicos y de atención sanitaria a los laicos que marchan a misiones, o que han regresado de ella. Actualizar la información sobre todos los grupos y asociaciones de laicos que atienden la tarea misionera, independientemente de su origen y de su situación eclesiástica y jurídica. Favorecer el intercambio de experiencias referidas a la formación y al ejercicio de la vocación misionera de los laicos a través de la coordinadora nacional de asociaciones de laicos misioneros. Se cuida la presencia y ayuda a OCASHA y participación en las acciones que corresponden específicamente a la Comisión Episcopal según los Estatutos de esta Asociación como son: formar parte del Consejo General, presentar la terna a Presidente, proponer el Asesor eclesiástico. La participación de los seglares en la vida y en la misión de la Iglesia no es benévola concesión que se hace, sino reconocimiento del derecho que les asiste como bautizados y como exigencia del propio deber como creyentes en Jesucristo. Esta llamada misionera a los seglares, tampoco nace tanto de un deseo de aunar energías ante la necesidad apostólica urgente, ni mucho menos procede de un inexistente subterfugio para eludir responsabilidades y trabajo a los pastores, a los sacerdotes. Es invitación y recuerdo de un deber de corresponsabilidad y del reconocimiento de un derecho de participar en la vida misionera de la Iglesia. En el documento "La misión ad gentes y la Iglesia en España" se ha insistido en que la "missio ad gentes" no podrá ser delegada a unos pocos "especialistas", sino que acabará por implicar la responsabilidad de todos los miembros del Pueblo de Dios. Quien ha encontrado verdaderamente a Cristo no puede tenerlo sólo para sí, debe anunciarlo. Las Iglesias locales son las que deben vivir y expresar su fe como servicio a la misión universal, superando todas las tendencias al narcisismo o a la absolutización de sus propios problemas; es siempre la misión la que rejuvenece y revitaliza a las diversas Iglesias (3.1). La necesidad de que todos los fieles compartan tal responsabilidad no es sólo cuestión de eficacia apostólica, sino de un deber-derecho basado en la dignidad bautismal, por la cual tienen la obligación general, y gozan del derecho, tanto personal como asociadamente, de trabajar para que el mensaje divino de salvación sea conocido y recibido por todos los hombres en todo el mundo (3.1). La actividad misionera hace ver el grado de vitalidad y eclesialidad de las comunidades cristianas. El impulso misionero es signo de una fe vital, mientras la debilidad de este impulso "es signo de una crisis de fe" (1.1). Afirmar que toda la Iglesia es misionera no excluye que haya una específica misión ad gentes; al igual que decir que todos los católicos deben ser misioneros, no excluye que haya misioneros ad gentes y ad vitam, por vocación específica (1.3). La expresión "la misión está aquí" será un estímulo a la responsabilidad misionera y nunca una fina coartada para replegar todas las fuerzas evangelizadoras de una Iglesia particular sobre sí misma, perdiendo de esta manera su carácter de universalidad (3.1). Con el mensaje evangélico, la Iglesia ofrece una fuerza liberadora y promotora de desarrollo, precisamente porque lleva a la conversión del corazón y de la mentalidad; ayuda a reconocer la dignidad de cada persona; dispone a la solidaridad, al compromiso, al servicio de los hermanos; inserta al hombre en el proyecto de Dios, que es la construcción del Reino de paz y de justicia, a partir ya de esta vida (3.1). 3. VOLUNTARIADO Y MISIÓN Con frecuencia, no quedan bien definidos ni el término, ni el concepto, ni siquiera la libertad y gratuidad del voluntariado. Se confunden motivaciones con finalidades, prestación de servicios con entrega personal, ejercicio de altruismo y responsabilidad social. Aunque, para nuestro propósito, tampoco sea imprescindible el definir términos y conceptos, sino admitir, simplemente, el derecho a poder participar en aquellas acciones que reportan un bien que la humanidad necesita. En algún momento, las tan reconocidas y laudables organizaciones no gubernamentales y no confesionales, daban la impresión que nacían desde la sospecha acerca de la limpieza de intención, en motivaciones y finalidades, que pudiera haber en lo público o en lo confesional. Parecía como si lo gubernamental y lo confesional tuvieran que ponerse ropajes disimulantes para poder ser admitidos en ese ejercicio del derecho a la participación que puede ser el voluntariado. Había que salvar las barreras del prejuicio de quien está convencido de que por el mero hecho de ser gubernamental carece de legitimidad en la libertad política de los beneficiarios, o que la motivación confesional tiene que ser necesariamente sectaria y proselitista. El interés y la preocupación por todo aquello que afecta a la vida, a la dignidad y bienestar del hombre, es el signo más claro y elocuente y la mejor razón en la que se puede apoyar la esperanza de la cultura contemporánea. Es el mensaje tantas veces repetido por Juan Pablo II: el servicio al hombre es el camino de la Iglesia. El voluntariado es desinteresado, gratuito, respetuoso al máximo con la persona a la que se sirve, huyendo de actitudes paternalistas o pietistas y lejos de esa especie de "cultura de la solidaridad", más ideológica que solidaria, más nacida de la moda que de la responsabilidad personal y que relega el ejercicio del voluntariado a una mera práctica esnobista. Tampoco sería admisible una motivación que se quedará en el afán de calmar, con alguna contribución humanitaria voluntarista, la culpabilidad originada por unos comportamientos injustos. Esa noble dedicación de ayuda a los demás no puede reducirse a un acto voluntarista de prestaciones sociales. El voluntariado une el comportamiento solidario a una actitud de servicio generoso. Disposición de gratuidad que, para el cristiano, está siempre iluminada con la actitud y el ejemplo de Jesucristo, servidor de los enfermos y de los pobres. Ello no quiere decir que no se valore en alto grado las prestaciones sociales de tantos otros generosos voluntarios. Lo que se quiere resaltar es que el voluntariado cristiano tiene que ser y aparecer como un verdadero ministerio de caridad fraterna. El voluntariado misionero cristiano tiene sus señas propias de identidad, unos rasgos definitorios que lo distinguen. En primer lugar, se trata de una vocación. Es decir, sentirse llamado, desde el evangelio y la fe en Jesucristo, a servir a quien necesite ayuda. Sus motivaciones, por tanto, no son meramente culturales o sociales, sino incuestionablemente evangélicas. El voluntario cristiano es un testigo del evangelio, un seguidor de Jesucristo. No es un mero cooperador social, sino un verdadero agente pastoral que ofrece, con su comportamiento de servicio a los demás, la bondad de Dios manifestada en Jesucristo. El voluntario misionero es el que ofrece el don del Espíritu que ha recibido: quiere compartir la fe con los demás. Sin afanes proselitistas, pero sí como leal ofrecimiento de la forma de vivir según el evangelio de Jesucristo. Para nosotros, resultan inseparables la solidaridad y el amor fraterno. Si nos sentimos unidos a los demás, no es por una simple razón de pertenencia a una comunidad humana que debe cohabitar en el mismo mundo, sino por el imperativo del mandamiento nuevo del amor que ha de distinguir a los discípulos de Cristo. En este mandamiento del amor se encuentra el más rico y profundo manantial de la verdadera madurez espiritual, de los principios morales, de una verdadera cultura de la justicia y de la solidaridad. Porque el amor del mandamiento nuevo es encarnación viva con el hombre, con su realidad personal y con su historia, su situación, su dignidad herida y sus aspiraciones y derechos. La misericordia de Dios no anula las exigencias de justicia sino que las hace más obligatorias. Pues la justicia se funda en el amor y tiende al amor. La misericordia es la fuente más profunda de la justicia. Dios es el justo y el misericordioso. Nadie está excluido del amor fraterno. La caridad es universal. Ninguna frontera puede interponerse en la práctica de mandamiento tan universal. A los vecinos y a los que están lejos, a los que la injusticia castigó con dureza y a los que el descuido o el pecado les dejó en situación de necesidad. Para los cristianos, justicia y solidaridad no son nada más que un primer paso, aunque necesario e imprescindible. La caridad cristiana no tiene límites, siempre queda obligada a dar aquel amor fraterno, aquella misericordia, aquella benevolencia que no siempre exige la aplicación estricta de la justicia. 11 intento de ocultar las palabras caridad, amor fraterno, ayuda a los pobres, beneficencia..., puede provenir de la ignorancia de lo que esas palabras significan y a lo que comprometen. También actitudes y prejuicios antirreligiosos. El testimonio de la caridad, incuestionablemente evangélica, será el mejor camino para superar esas inexistentes incompatibilidades entre evangelización v solidaridad. 4. EN LA MISIÓN DE LA IGLESIA La misión del seglar no puede ser otra que la de la misma Iglesia: evangelizar. Mostrar el rostro de Dios en la historia de los hombres. Testimonio del Dios vivo en medio de los acontecimientos y del quehacer diario. La experiencia de Dios, vivida en el seguimiento fiel de Cristo produce un irresistible entusiasmo misionero, una tensión, tan fuerte como santa, de comunicar a los demás las insondables riquezas del corazón de Cristo. Sin este testimonio del Señor, en obras y en palabras, la acción evangelizadora queda truncada y el apostolado fallido. La presencia de los cristianos en la misión ad gentes, no es una estrategia, ni una táctica de captación de prosélitos, sino una imperiosa necesidad de la propia fe y de esa dimensión tan imprescindible como es la responsabilidad activa y cristiana en las realidades de este mundo. Fieles a la propia identidad y en la multiforme variedad de carismas, ministerios y modos de ser y actuar, pero siempre en comunión con la Iglesia que es garantía de autenticidad misionera. Y por muchas razones. La principal, porque la misión es obra de la Iglesia. Pero, también, por la envergadura de los retos que se presentan a la misión y que no pueden ser acometidos, tanto en el discernimiento como en la acción, sin la colaboración de todos los miembros de la Iglesia. La respuesta vendrá desde el diálogo y el enriquecimiento recíproco. El seglar cristiano, el hombre y la mujer misioneros, lleva consigo el convencimiento de su fe y la urgencia de llevarla a todos los ámbitos sociales en los que viven los hombres. Misión propia del apóstol seglar es la de anunciar, con obras y palabras, lo que ha visto hacer y ha escuchado a Jesucristo. Algunos rasgos imprescindibles en el perfil del misionero seglar, serían los siguientes:
Siempre inspirada en el Evangelio, la actuación del misionero seglar, tiene que presentar el inequívoco testimonio de la vida de Jesús en la propia vida, en el comportamiento, en las ideas, en las opciones. Y aunque su testimonio ha de ser personal, el misionero seglar cristiano no puede actuar en solitario y mucho menos, con planteamientos individualistas: necesita de los demás, y la comunidad necesita de él. 5. UNOS DERECHOS MISIONEROS Hay unos "derechos misioneros" que son libertades incuestionables para quien desea sinceramente vivir el mandamiento nuevo de la caridad y compartir la fe recibida. Estos derechos son: poder recibir con gratitud, compartir con generosidad, pedir confiadamente, ofrecerse para servir. Así como uno de los peligros más amenazantes es el de un generalizado relativismo, el mayor reto para Iglesia es el de la fidelidad: ser ella misma. En el mundo y dialogando de una manera amplia, positiva y abierta con todo aquello que es preocupación y vida de las personas y de la sociedad. Pero sin ir a remolque de opiniones y estadísticas. La fidelidad en la Iglesia hace relación primera a la revelación de Dios, a la Escritura, a lo que Dios "dice" en los "signos de los tiempos", y del espacio de la cultura en el que se encuentran los hombres. La situación del mundo y la invitación de la Iglesia a una acción evangelización hacen por demás oportuna la acción misionera. Se necesitan auténticos misioneros seglares comprometidos en la difusión del evangelio, que sepan responder con su fe ante los enormes desafíos que presenta una sociedad donde no privan precisamente los grandes valores morales ni una visión trascendente de la vida. Si ha recibido el mandato misionero, id por todo el mundo anunciando el nombre y la salvación en Jesucristo, hay también un derecho de fidelidad: poder vivir y comunicar a los demás las insondables riquezas del conocimiento y del amor de Cristo. |