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LA PARTICIPACIÓN DE LOS LAICOS EN EL CARISMA DE LOS INSTITUTOS MISIONEROS*
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Adelio Torres Neiva**
* Fue presentada en las Jornadas Misioneras de septiembre de 2001, en Fátima. Ha sido publicada en Vida Consagrada n° 239, de octubre de 2001, p. 323-326. Es la publicación de los Religiosos/as de Portugal.
** El P. Adelio Torres es Misionero Espiritano.
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Uno de los sectores que mayor crecimiento registró en la Iglesia, después del Vaticano II, fue el de las asociaciones de hombres y mujeres como los institutos religiosos, bajo formas diversas. No tenemos datos exactos sobre la proporción de este fenómeno, pero una indagación llevada a cabo en los Estados Unidos en 1995 nos indica que este año había por lo menos quince mil personas asociadas a los institutos de vida consagrada. En Europa, la tendencia no es muy diferente de la que caracteriza Estados Unidos.
Este fenómeno de la asociación de los laicos con los institutos religiosos en sí no es nuevo. Desde el principio del monaquismo, iniciado por San Pacomio y San Basilio, hubo siempre una fecunda ósmosis entre las diversas experiencias de la vida cristiana. El sacerdocio, el monaquismo, el martirio, la virginidad, la vida matrimonial participarán sus valores y su lenguaje, su espiritualidad y sus experiencias, según las diversas épocas eclesiales y las diferentes sensibilidades culturales. Los nombres de esta participación fueron diversos: oblatos, terceros, siervos, asociados, cooperadores, cofrades. Eran laicos que vivían y trabajaban con los monjes sin hacer votos. Todas estas asociaciones, más o menos antiguas, proporcionaban a sus miembros, de una manera o de otra, la participación en la vida de los institutos religiosos. Estas diferentes formas de asociación conocerán un gran desarrollo después del Vaticano II, y el Código de Derecho Canónico de 1983 las aborda pormenorizadamente.
Lo que caracterizaba a estas asociaciones que gravitaban en al órbita de las Ordenes Religiosas es que ellas eran comprendidas y dirigidas en beneficio de la familia religiosa a la que se agregaban. Los religiosos ejercían sobre ellas una relación de paternidad, si no de paternalismo.
Las nuevas asociaciones que ahora están naciendo un poco por todas partes, parten más de una nueva lectura de la eclesiología y la espiritualidad que de criterios jurídicos. Muchas de ellas están aún en formación y muy pocas pedirán un estatuto canónico.
1. UN NUEVO CAPÍTULO EN LA HISTORIA DE LA VIDA RELIGIOSA
La primera señal del Magisterio de la Iglesia, en esta dirección, aparece en la exhortación apostólica Christifideles laici, en el número 55. Así se dice que "en la Iglesia-Comunión, los estados de vida se encuentran de tal manera entrelazados que se ordenan los unos a los otros. Su significado profundo es común y único. Cada una de las modalidades es al mismo tiempo diferente y complementaria, de modo que cada de ellas tiene una fisonomía original e inconfundible y, simultáneamente, cada una de ellas se relaciona con las otras y se pone a su servicio... Son modalidades diferentes que se unen en el misterio de comunión de la Iglesia y que dinámicamente se coordinan en su única misión".
Mas el documento que lanzó definitivamente este movimiento fue la exhortación apostólica Vida Consagrada. Ella consagra tres números (54,55,56) exclusivamente a "colaboración y comunión de los religiosos con los laicos". Es uno de los horizontes más interesantes y más innovadores de toda la exhortación. Así son considerados varios aspectos, tanto desde el punto de vista teórico como práctico.
Como punto de partida, una premisa teológica: se trata de la exigencia de una Iglesia concebida como comunión, que es la línea de fuerza que recorre todo el Vaticano II. Es la relación con Cristo, nacida del Bautismo, que antes de nada marca tanto al religioso como al laico. Unos y otros tienen la misma vocación para la plenitud de santidad y participan en la misma misión. No se parte, por tanto, del instituto, sino de una perspectiva eclesial o bautismal.
Las relaciones entre religiosos y laicos han sido y pueden ser muy variadas: colaboración pastoral, herencia histórica, relación afectiva, etc.
Pero se abre un nuevo capítulo, dice el Papa, rico de esperanza: el compartir el carisma de los religiosos con los laicos.
Este nuevo programa no viene de la historia ni de la tradición; no es una herencia del pasado, sino un don del Espíritu a la Iglesia de hoy.
Se trata de nuevas experiencias de comunión y colaboración, que pueden situarse en varios niveles: espiritualidad, misión, vida de comunidad, etc. Es una fuerte sinergia entre las personas consagradas y los laicos con vista a la misión transformadora del mundo "en la línea de las bienaventuranzas" (55). La novedad de esta colaboración es el hecho de ser vista en la perspectiva de "las bienaventuranzas" que es la expresión que el Concilio utiliza para caracterizar la vida religiosa. En la línea de las bienaventuranzas significa en la línea de los consejos evangélicos.
Se afirma enseguida que "la participación de los laicos puede traer para los religiosos profundizaciones inesperadas y fecundas", en la interpretación del carisma, en el dinamismo apostólico y en la espiritualidad. Quiere decir: los consagrados participan en su consagración y los laicos en su secularidad. La colaboración no es, por tanto, simplemente una colaboración en lo que se hace, sino una participación en lo que se es. Es, de hecho, una alianza con toda su dimensión evangélica. Hay aquí una reciprocidad completamente nueva. El texto no particulariza, pero sabemos que eso se está verificando en nuevas formas de oración, de servicio, de testimonio, de intervención social, de experiencia contemplativa, de convivencia, etc.
La exhortación señala después cinco casos concretos de participación: miembros asociados, misioneros laicos ad tempus, voluntariado, promoción humana, participación en la oración, movimientos eclesiales ligados al instituto (56).
Este sínodo no hace más que recoger una tendencia ya bastante difundida entre los institutos religiosos, donde existían ya experiencias bastante significativas a este respecto. A partir de los años 90 se intensifican, de hecho, las relaciones entre religiosos y laicos, lo mismo que se está aún en procura de una gramática para esta colaboración. La 56 Asamblea General de la USG de 1999 ya exclusivamente de este asunto y desde la década del 90 los Capítulos Generales de la mayor parte de los institutos lo abordan.
2. VARIEDAD DE ASOCIACIONES DE LAICOS
Hay, hoy, una desconcertante variedad de estas asociaciones. Globalmente pueden ser agrupadas en tres categorías generales: los grupos de voluntarios, los laicos misioneros y los laicos asociados.
Los grupos de voluntarios son asociaciones que permiten trabajar en obras apostólicas de un instituto religioso por un tiempo determinado. En general, los miembros de estos grupos andan por los 20 años y tienen una buena formación. Están en pleno curso universitario o acaban de diplomarse. Se inscriben como voluntarios por uno o dos años y reciben del instituto una ayuda financiera para su subsistencia. El trabajo a que se comprometen es, en general, un ministerio en el campo de la justicia social: trabajo con los sin techo, rehabilitación de drogadictos, acompañamiento de niños de la calle, etc. Para la mayor parte de estos jóvenes, su objetivo es hacer una experiencia en un sector diferente del de su medio de vida y dar su contribución a la sociedad global. La unión con el instituto no tiene tanto que ver con el carisma del instituto, sino con las experiencias pastorales que hiciera en su tiempo de formación. Sólo en raros casos nace de ahí una mayor asociación con el instituto.
El segundo grupo es el de los misioneros laicos para la misión. En los Estados Unidos hay cerca de 37 de estas asociaciones. Estas se comprometen en servicios en los países de ultramar por un tiempo determinado, habitualmente tres años, plazo que se puede renovar. Su edad se sitúa habitualmente por los 20 o 30 años; pueden tener una profesión que van a ejercer allá o entonces pueden ir en ministerio de catequesis, pastoral, etc. También estos, en general, tienen buena formación, casi siempre universitaria.
La mayor parte de estos misioneros laicos renueva su compromiso una o más veces. Los que regresan a sus países de origen, generalmente, continúan en actividades de tipo social. Sus lazos con el instituto religioso, en general, son más fuertes que los del primer grupo. Hay los que están ya asociados en asociación laica de fieles. El programa de formación es más intensivo y más largo que los de los grupos de voluntarios y su participación en la vida del instituto es mayor.
El tercer grupo es el de los asociados laicos. Es un grupo más difundido que los dos primeros. En 1997, en los Estados Unidos había cerca de 250 grupos de estos asociados. La edad de sus miembros anda en general en torno a los 50 años o más. Cerca del 60 por ciento son mujeres. Establecen con el instituto un lazo o una alianza por un periodo determinado, muchas veces por un año. Unas veces esta relación es formalizada por una fórmula establecida, otras veces por una formulación espontánea.
Las expectativas de los asociados varían. En ciertos casos son elaboradas por los asociados y por el instituto, en otros son dejados al libre arbitrio de los asociados. La mayor parte de ellos participa en la espiritualidad del instituto, lo que implica encuentros regulares con un miembro del instituto, jornadas de formación, asistencia a reuniones regionales o provinciales del instituto, etc. Son ejemplo de ello las fraternidades.
Un pequeño número participa también en trabajos y en la misión del instituto, muchas veces voluntariamente.
Un grupo minoritario, generalmente formado por asociados ancianos, participa como "asociados de oración": rezan por el instituto y por sus obras pero no asisten a reuniones.
Las estructuras que soportan los lazos de unión de los asociados con el instituto son también variables: su responsable puede ser el provincial o uno o dos miembros del instituto, otras veces es un laico quien coordinan sus actividades, otras es un consejo consultivo formado por laicos y miembros del instituto.
La participación de estos asociados es también muy variada: asociación de oración, asistencia a las reuniones provinciales, participa de los ministerios, participa de la vida común afectiva con los miembros del instituto.
Según una encuesta realizada, cerca de la mitad de estos asociados entran en el grupo en busca de un enriquecimiento espiritual. Y tal vez ésta es la razón principal. Cerca de una cuarta parte vino atraída por el carisma del instituto. El diez por ciento vino para participar en el ministerio del instituto.
Una constante que se verifica es que cuanto más tiempo están ligados al instituto más se comprometen con él. Un mayor empeño significa, primero, una profundización continua en la espiritualidad del instituto y después un mayor compromiso en la vida del instituto.
En cuanto a las motivaciones por parte del instituto para aceptar estos programas, el 40 por ciento responde que es para participar el carisma; el 30 por ciento, para colaborar con los laicos; el 12 por ciento, para responder a la llamada a la santidad lanzada pro el Vaticano II. Hay, por tanto, perspectivas diferentes. Su deseo de participar el carisma (40%) supera el segundo motivo de los asociados (25%).
Otra constante es que sólo un pequeño número de los miembros del instituto está comprometido con estos asociados; no todos están de acuerdo con esta iniciativa.
3. ELEMENTOS PARA UN ANÁLISIS DE ESTE FENÓMENO
Antes de nada conviene destacar que los programas apoyados por los institutos religiosos son, en general, compromisos a corto plazo. En una economía global, que cambia rápidamente, la profesión dejó de ser carrera para toda la vida. Los americanos, por ejemplo, cambian de profesión tres veces o más en la vida. Por eso, pensar en un compromiso de dos o tres años se torna más atrayente que un compromiso para toda la vida. Aceptar un compromiso por un cierto tiempo, está particularmente en consonancia con la mentalidad de los jóvenes de nuestra época.
Un segundo aspecto que se encuentra en los tres grupos de asociaciones de laicos es su reparto de edades. El primero y segundo grupos, voluntarios y misioneros, atraen sobre todo a los jóvenes (de 20 a los 40 años), en tanto que el tercer grupo, el de los asociados laicos, motiva sobre todo a las personas ya con una cierta edad (50 o más años). Para los primeros, el voluntariado es una experiencia misionera y una etapa de su propia formación, antes de asumir su carrera profesional.
En cuanto a los más ancianos, los asociados laicos, lo que procuran es sobre todo un sentido más profundo para sus vidas. En la sociedad de nuestro tiempo, en que somos solicitados por tantas propuestas, los adultos tienen necesidad de una orientación fuerte que haga la unidad de su vida y dé consistencia a todo lo que hacen. Es una aspiración que se intensifica sobre todo cuando la actividad disminuye y se entra en una nueva fase de la vida. Es por eso que ellos se vuelven para los institutos religiosos a los 50 años: quieren profundizar en su vida espiritual. De hecho, ellos se sienten en sintonía con los miembros del instituto que en general navegan en la misma edad.
Por tanto, los más nuevos son atraídos sobre todo por experiencias apostólicas, como los voluntarios y los laicos misioneros, y los otros por una cierta necesidad de enriquecimiento espiritual. Es también posible que procuren ser parte de una estructura sólida, con créditos garantizados por la experiencia y por el tiempo, por el deseo de pertenencia a una familia que tiene el rostro de personas bien concretas, pero eso no está aún suficientemente comprobado para detallarse con precisión.
Hay también factores de orden eclesiológico.
La eclesiología de comunión que caracteriza al Vaticano II ayuda a superar el concepto de uniformidad que muchas veces recorre la vida religiosa en su organización interna y en sus relaciones con las otras vocaciones. En general, las comunidades religiosas son uniformes, articuladas alrededor e una obra o de un proyecto, con dificultad en convivir con la variedad de otras presencias. Una verdadera relación con los laicos requiere que la vida religiosa aprenda a convivir con la variedad de vocaciones y carismas. La eclesiología de unidad que proviene de una común vocación bautismal, implica un sacerdocio camón y al mismo tiempo una pluralidad de vocaciones -la Iglesia del Vaticano II es concebida como comunión de carismas y ministerios. Es una comunión que tiene su raíz en la Trinidad de Dios. Nacida en la Trinidad, la Iglesia refleja la imagen de la Trinidad que es comunión en la diversidad. Esta comunión eclesial se caracteriza por la unidad en la diversidad y complementariedad de vocal , ministerios y carismas. El descubrimiento de la Iglesia como comunión, como pueblo de Dios tiene como consecuencia la igualdad fundamental de todos los bautizados en el misterio de la Iglesia.
A su vez, el concilio redescubrió la vocación laical y relanzó a los laicos en el ámbito de la misión universal de la Iglesia.
Pienso que es oportuno un pequeño viaje por la historia del laicado para mejor situamos en este horizonte. Los laicos tienen una larga tradición en la misión de la Iglesia de los orígenes. La lectura de los Hechos de los Apóstoles nos muestra que, en el inicio de la Iglesia, la misión Ad Gentes, aunque contando con misioneros íntegramente dedicados a ella por vocación especial, como Pablo y Bernabé, era, entretanto, fruto normal de la vocación cristiana. El primer movimiento misionero de la Iglesia de Jerusalén fue, de hecho, protagonizado por laicos: la evangelización de Samaria, cuando la persecución de la Iglesia de Jerusalén. Los laicos estarán también en el origen de la evangelización de Fenicia, de Chipre, de Antioquía y hasta de Roma, pues S. Pablo cuando llegó prisionero a esta ciudad fue ya recibido por un grupo de "hermanos". De hecho, de Antioquía a Roma, no tenemos datos para afirmar que fueran los apóstoles quienes fundaran estas iglesias.
La evangelización de la primera generación de cristianos se debe a los laicos: unos titulares de profesiones itinerantes, como marineros, mercaderes o soldados; otros como artesanos, tal fue el caso se Áquila y Priscila, y otros incluso esclavos. Áquila y Priscila residirán sucesivamente en tres grandes ciudades de entonces: Roma, Corinto y Éfeso.
También en la segunda fase de la evangelización la presencia de los laicos fue mayoritaria. Según el testimonio de Hipólito de Roma y Orígenes, los maestros de los catecúmenos eran tanto clérigos como laicos.
Es hasta en la tercera fase, la de la didascalía o reflexión teológica, los pioneros fueron laicos: basta recordar los padres apologistas laicos como S. Justino, Clemente de Alejandría y hasta Orígenes, que sólo fue ordenado a los 50 años. Serán estos laicos quienes abrirán el camino que hoy podríamos llamar de teología de las religiones.
En la Iglesia de los orígenes había diversidad de carismas y ministerios, pero la unidad de la misión precedía la diversidad. No había clero de un lado y laicos de otro. El término laico, laikos, etimológicamente deriva de laos, pueblo. En el Nuevo Testamento este término nunca aparece: los que integran la comunidad cristiana, clero o laicos, son llamados "santos", "elegidos" y, sobre todo, "hermanos". El término laico fue lanzado por Tertuliano, que lo emplea para designar al cristiano que no pertenece al clero. Pero el Nuevo Testamento nos presenta el nuevo pueblo de Dios, el laos, como el pueblo consagrado por la unción del Espíritu Santo. En el ámbito de este pueblo, todo él sacerdotal, profético y real, el Espíritu suscita una variedad de carismas y ministerios. Estos ministerios pueden ser ordenados o no. Entre esos ministerios existe una unidad profunda. Lo que de manera especial es destacado no es la distinción precisa entre los carismas y ministerios, sino la tensión entre todo este pueblo consagrado, ungido por el Espíritu y el mundo envolvente. La preocupación de los cristianos de los primeros siglos no fue distinguir o contraponer los ministerios en el interior de la Iglesia, sino destacar la novedad cristiana como alternativa al mundo en que se insertan. Más que decir lo que los laicos no eran, se afirma sobre todo lo que ellos eran: los ministerios y carismas que les eran concedidos.
Con la paz constantiniana se establece una relación nueva para la Iglesia: la relación dialéctica con el mundo desaparece para dar lugar a una simbiosis con la sociedad civil. La Iglesia se identifica con la sociedad envolvente y comienza entonces la dialéctica en el interior de la propia Iglesia: entre los monjes y el clero - los espirituales- de un lado y los laicos - o carnales- del otro. Los primeros comprometidos con la realidad evangélica, los otros empeñados en la realidad temporal. Sólo cuando los monjes empezaron a monopolizar los espacios del saber y del poder, es que los laicos comenzarán a ser remitidos para la retaguardia.
El monaquismo aparece como sucedáneo del martirio: la fina flor del cristianismo se refugia en los centros de oración y contemplación; las comunidades monásticas se multiplican por todas partes.
Será de estos monasterios que van a salir la mayor parte de los obispos que a su vez fundan nuevos monasterios a su alrededor. Esta mezcla (¿) entre el episcopado y el monacato hará de ellos una sola fuerza para la evangelización de los bárbaros que entonces invadían el Imperio. De aquí nacerá una misión que empeña sobre todo a los monjes que se convertirán en grandes agentes de esa misión. Todos los santos de esta época son monjes y son misioneros.
La distancia entre estas dos categorías irá creciendo por convergencia de factores: monjes y clérigos se aproximan cada vez más como depositarios del poder y de la cultura. El orden temporal pasa a estar dependiente del espiritual, o sea, los laicos dependientes de los clérigos y los monjes. La cultura se toma atributo del clero: el literatus es sinónimo de clérigo, el iliteratus o idiotes es equivalente a laico. Aún hoy se dice "lego" (ignorante) en la materia. La vecindad entre el clero y los monjes se expresa por la aceptación por parte de los primeros de las formas de vida de los segundos: el celibato, el hábito, la tonsura, la liturgia de las horas, etc. La dialéctica ente ellos y los laicos se toma visible en la liturgia, donde la participación de los laicos es, cada vez más, reducida a simple asistencia: el celebrante dirá la misa en voz baja, en primera persona, etc.
El proceso de asimilación progresiva entre clérigos y monjes y de la creciente separación de ellos con los laicos es testimoniado por la famosa distinción de dos géneros de cristianos, que se encuentra en Graciano (c.1140) en un canon cuya paternidad es atribuida a S. Jerónimo: "Son dos los géneros de cristianos: uno que ligado al servicio divino está dedicado a la contemplación y la oración y se abstiene de toda la confusión de la realidad temporal, es representado por los clérigos. El otro es el género de los cristianos al cual pertenecen los laicos. Laos, de hecho, significa pueblo. A estos está permitido casar, cultivar la tierra, etc."
En este contexto, la condición de laico excluye toda participación activa en el orden de las cosas sagradas. El laico que ya había sido excluido de la misión es ahora excluido de la liturgia.
La superioridad del polo jerárquico corresponde así a un empobrecimiento de la realidad positiva del laicado: los carismas y los ministerios pasan ahora a ser absorbidos e institucionalizados por el monaquismo, que había nacido como fenómeno laical.
Como las misiones remotas de la Edad de los Descubrimientos, la misión se refugia cada vez más en los institutos religiosos, los únicos que tienen estructuras para formar, apoyar y enviar misioneros. Es una misión institucionalizada, que ya no parte de la iglesia local sino del Papado y de los institutos religiosos. Son éstos los que reciben de la Santa Sede el llamado jus comisionis, o sea, el derecho de misionar en una determinada región que les es confiada por el Papa.
A agravar la situación aparece la reforma que menosprecia los ministerios ordenados para insistir en la misión del Pueblo de Dios. La Contrarreforma Católica, por contraposición y para poner de relieve los ministerios ordenados, acaba prácticamente por reservar para el poder eclesiástico todos los ministerios de evangelización. La misión se torna clerical.
Mas con la Edad Moderna se abre un nuevo mundo en contraste con el mundo medieval: la síntesis religiosa es disuelta por la emergencia de la reforma protestante, la unidad política da lugar a los estados nacionales, la convergencia de los valores medievales es sustituida por las nuevas autonomías en la confrontación con la esfera religiosa, aparece una nueva filosofía y una valoración creciente de la esfera secular. Cara a este mundo nuevo, emerge una movilización general de la comunidad eclesial, canalizada por la reforma tridentina, en defensa de los valores de la Iglesia. Todo esto provoca el despertar del laicado y aparece una generación de laicos cristianos que van a plasmar una nueva aurora del pensamiento cristiano. Es un movimiento irreversible que acompaña los nuevos desafíos de la cultura y de la historia.
Fue así que los laicos fueron recuperando su espacio en el tejido eclesial. El Vaticano II aparece como resultado de todo este camino. Fue el primer concilio que abordó el problema de los laicos en todas sus vertientes. La vocación laical es así situada en el contexto de una iglesia global. La Iglesia es todo el pueblo de Dios y todo este pueblo es sacerdotal, profético y real. El laico es definido ya no a partir de su relación con el clero, como lo hiciera el Derecho Canónico de 1917, sino a partir de su relación con Cristo, donde todas las vocaciones y todos los ministerios tienen su origen. Antes de ser afluentes, tanto los clérigos como los laicos, son agua del mismo río. Es de ahí, de esa fuente, que unos y otros embarcan, de manos unidas, para la misión de la Iglesia. La misión no es monopolio de ningún instituto; ella fue confiada a la Iglesia y es ahí que unos y otros la van a beber. Cada uno la sume en conformidad con el carisma y los dones que reciben del Espíritu.
Hay también factores de orden espiritual, también ellos despertados por el Vaticano II. La llamada universal a la santidad que el Concilio lanzó, llevó a buscar esta santidad a partir de las exigencias del bautismo y no solamente en la opción por los votos o por la consagración religiosa. Eso hace que, sin duda, el laicado procure nuevos caminos de santidad.
Esta llamada llevó también a una aproximación de los laicos y de los religiosos. El abandono del hábito religioso a favor del hábito secular en varios institutos, los cambios de horarios, la acogida a los laicos y el cambio de óptica de separación del mundo por la apertura al - mundo contribuirán para superar un conjunto de fronteras que separaba a los religiosos de los laicos. Los religiosos se volverán más accesibles a los laicos. A su vez, los laicos comenzarán a descubrir la espiritualidad de los institutos religiosos, que tienen una dimensión mucho más estable y profunda que la motivación centrada sobre la devoción.
Por parte de los religiosos, la llamada universal a la santidad bien como un imperativo de renovación y de regreso al espíritu de los orígenes del propio carisma y a las necesidades del mundo envolvente, reclamados por la Perfectae Caritatis, los llevarán a abrirse a los laicos. Hay pocos elementos que nos permitan deducir que esta apertura fue debida a la disminución de los efectivos de los religiosos, pues esta apertura no ha sido gran fuente de nuevas vocaciones para el instituto. Es significativo el hecho de los laicos en general se aproximaron más por el carisma y por su actualidad que por los institutos religiosos y sus dificultades presentes. La apertura tiene motivos teológicos y el deseo de participar el carisma.
En conclusión, una combinación de tiempo de renovación del concepto de Iglesia y de misión, el redescubrimiento de la vocación laical, la busca espiritual y el deseo de santidad parecen ser las causas principales de la irrupción de estas nuevas formas de asociación de laicos. Su relación con la disminución del número de vocaciones religiosas parece ser accidental, o por lo menos no parece el motivo. Las personas quieren ser asociados laicos, pero no religiosos. Los que quieren ser religiosos, puede ser que descubran su vocación por medio de estas experiencias, pero en principio el motivo no es ése. La verdad es que son aún pocos los religiosos comprometidos con estos programas de asociados laicos; la mayor parte de los religiosos no está abierta a esta novedad: ellos ven en los asociados laicos una posible amenaza para la supervivencia del instituto.
4. CLAVES DE LECTURA
Una primera línea de convergencia que nos ayuda a hacer la lectura de esta realidad es que estamos aún en una fase inicial de este fenómeno, a pesar de que varios institutos cuentan ya experiencias bastante significativas a este respecto. Estamos por tanto en una fase creativa. En general, los institutos nacerán de intuiciones que poco a poco se irán definiendo y clarificando. Sólo con el tiempo se consolidarán hasta pasar a ser institución, definida y aprobada.
Estas nuevas experiencias parecen reabrir el dossier de la fundación, nos remiten a la fase de los orígenes de un instituto cuando el carisma no había sido aún institucionalizado. Los fundadores son receptores privilegiados de un determinado carisma (ET 11) que asumen y que viven antes de ser institucionalizado. Sólo después es que este carisma es conformado en un determinado esquema, que hasta aquí se limitaba al esquema de la vida religiosa.
Pasar de la exclusión de los laicos en el carisma de religiosos a su inclusión, o sea, pasar de lo exclusivo del esquema de la vida religiosa a otro esquema, implica un regreso al estado inicial del carisma, antes de haber sido reducido a "nuestras Obras". Hay espacios de seguridad que los religiosos siempre frecuentarán y que es arriesgado abandonar para construir nuevas relaciones con el estado laical. No se trata de cambiar el carisma, sino de regresar a su fuente. El carisma de los religiosos es entregado en un embalaje religioso y su lectura está muchas veces marcada por esta marca de origen. Este paso de la exclusión a la inclusión de los laicos en el carisma pide cambio de mentalidad, de los hábitos y estilos de vida adquiridos y revisión de los caminos de espiritualidad asumidos. Se trata de una partida de dones, de oferta mutua de espacios: los religiosos ofrecen la espiritualidad, las obras, la finalidad apostólica; los laicos: organismos, asociaciones, profesionalismo, etc. Se nota en los religiosos un cierto recelo de perder los espacios seguros que siempre frecuentaron y de que tengan la exclusiva responsabilidad, para abrirse a estos nuevos espacios; pero la historia de la vida religiosa está llena de este coraje y creatividad profética, que a lo largo de los tiempos fue dando origen a formas siempre nuevas de vida consagrada.
Hasta el presente, la relación entre religiosos y laicos era asimétrica, o sea, una relación que destacaba más las diferencias que la distinción, sublimando una inconfesada superioridad del estado religioso sobre el laical. En la penumbra de esta mentalidad, estaba latente el concepto de fuga y desprecio del mundo. El laico era visto por los religiosos con simpatía, pero a distancia. Quienes generaban esta relación eran los religiosos. La relación que ahora se propone es simétrica: ella comprende tanto la vocación religiosa como la laical, a partir de la comunión eclesial, y la define por lo positivo, destacando más la distinción que la diferencia. Se pasó de la esfera de la dependencia para el ámbito de la comunión.
La asociación de los laicos con los religiosos nace de una nueva alianza, ya no nacida de una misión delegada, sino de una misión participada en la comunión y en el compartir los dones. El laicado ha sido el gigante adormecido que la Iglesia procuró domesticar de diferentes formas. En el comienzo de este nuevo siglo y de este nuevo milenio, el despertar del protagonismo de los laicos será uno de los mayores desafíos para la Iglesia: los carismas de la vida consagrada deben dar su contribución profética en esta búsqueda de nuevos caminos. Ha sido ésta la perspectiva de algunos de los últimos capítulos de los religiosos en relación a los laicos.
Asistimos hoy a una toma de conciencia y al crecimiento de un laicado adulto, que procura un estilo de vida auténticamente evangélico. Y cada vez se soporta menos un laicado subalterno, capitaneado, menor.
Estos grupos de laicos piden asociarse a un instituto; pero no quieren ser religiosos de segunda o tercera clase; lo que ellos pretenden es una participación en el carisma hasta aquí reservado a los religiosos, pero continuando laicos, o sea, descubrir la dimensión secular del carisma de los institutos religiosos. No se trata de hacer de los laicos "para-religiosos" ni de los religiosos "laicos en apariencia". Es su intención asumir la espiritualidad, la misión, los proyectos, pero continuando seculares. La salvaguarda de la identidad de cada una de las vocaciones es esencial. Es importante que cada una de estas vocaciones pueda ofrecer la contribución de su propia identidad y de su competencia específica, reconociendo las diferencias. El desafío es el de abrir un nuevo espacio para vocaciones diversas, dentro de la misma vocación para la santidad.
De hecho, se trata de un cambio radical de perspectiva y de paradigma del concepto de carisma y de misión de la Iglesia. Bruno Secundin habla de una "revolución copernicana".
Hasta el presente se consideraba el carisma de los diversos institutos de vida consagrada, como el impulso del Espíritu Santo que dio origen a una familia religiosa y que, por así decir, quedaba ligado y monopolizado por tal o tal institución, aprobada y confirmada por la Iglesia. El carisma había sido recibido por medio de un instituto específico: éste tenía el monopolio y la gerencia de ese carisma.
Hoy esta visión del carisma a través exclusivamente del instituto es considerada como parcial: el carisma, de hecho, no es dado al instituto sino a la Iglesia, por su naturaleza es abierto a múltiples participaciones. La participación de este carisma es un don que viene del Espíritu Santo, no de la autorización o de la afiliación de un instituto. La aprobación del instituto en principio no debe ser necesaria, pues el Espíritu puede concederlo a quien quiere.
Este problema debe ser abordado no por causa de la disminución de los miembros o de la dificultad en gestionar un conjunto de obras, sino para acoger la provocación del Espíritu Santo, que es el verdadero autor de todos los carismas. Los laicos no están sólo para resolver los problemas de los religiosos, sino porque son llamados a dar una nueva forma a un carisma que quizá puede estar envejeciendo. Ellos pueden descubrir otras dimensiones del carisma, otras mediaciones, una nueva encarnación en nuestro tiempo. ¿No es verdad que existen ya carismas hasta aquí femeninos, que están ya siendo vividos por fraternidades sacerdotales? Esto equivale a una refundación, a una nueva fase de fecundidad del carisma, a una nueva identidad más articulada y más integrada en una Iglesia comunión.
Hay todo un patrimonio de espiritualidad, de experiencia misionera en nuestros carismas que nunca fue puesto a disposición de la iglesia y del mundo, que aún hoy circula en circuitos cerrados, muchas veces con riesgo de sofocarse. Los carismas tienen necesidad de aire libre, cielo abierto, precisan de nuevas interpretaciones; cerrados en espacio muy limitado, pueden atrofiarse: una nueva provocación revitaliza el carisma.
Este deseo de los laicos con vistas a la participación del carisma y que va desde la participación de la espiritualidad hasta la participación de la misión y hasta la asociación a un nivel más profundo, no está previsto y mucho menos programado. Es una iniciativa del Espíritu, que una vez más nos sorprende y sobrepasa. Nos compete no sofocar esta interpelación que, si por un lado nos consuela, por otro nos incomoda y desestabiliza. Un carisma con fecha de inicio como es el carisma de los institutos religiosos, no es fácil compaginarlo con los nuevos tiempos y los nuevos desafíos.
En la historia de la Iglesia, los grandes cambios fueron siempre marcados por movimientos proféticos y corrientes carismáticas que se expresarán en nuevas formas de vida religiosa. Fue así con los monjes del desierto, las órdenes mendicantes, las congregaciones apostólicas. Los carismas deja vida religiosa fueron instrumentos del Espíritu para superar situaciones de crisis, apuntar para nuevos caminos de renovación evangélica. Sentimos hoy la necesidad de un nuevo protagonismo profético, que comprometa a los laicos, reconociéndoles el gran valor de su capacidad profética para iluminar en este tiempo de tantas transformaciones culturales y sociales. Los laicos no son sólo auxiliares de los sacerdotes y de los religiosos y de sus obras, ellos son protagonistas en una misión común.
Hoy, nuestra credibilidad pasa por nuestra capacidad de vivir esta comunión en la diversidad. Tal vez hoy mismo sea necesario invertir el esquema: en vez de los laicos estar al servicio de los religiosos, tal vez sean éstos que deban estar al servicio de los laicos, para que puedan crecer y afirmarse.
La participación tiene diversos grados. Los religiosos viven el carisma por medio de los votos o consagración religiosa, la vida de comunidad, la misión y la espiritualidad. Esto hace un todo, no son comportamientos estancos. Los laicos, unos desean participar la espiritualidad, otros la misión, otros tal vez la vida de comunidad. La puerta de entrada puede diferir, igualmente si la participación de la misión parece ser más exigente. Pero, el carisma es un conjunto: sus diversos componentes están ligados unos a otros y difícilmente se pueden disociar. Es claro que para los laicos los votos religiosos no son exigidos, es como laicos que ellos quieren participar el carisma, pero el espíritu es común a los religiosos y a los laicos.
El aspecto comunitario debe, de alguna manera, ser valorado. Pero es como laicos, no como religiosos, que este carisma debe ser vivido: es una versión secular del carisma, que exige un largo aprendizaje y diversos discernimientos.
La dimensión de la espiritualidad parece ser el primer paso, no el recorrido de adopción de un carisma. El carisma es un don del Espíritu, una especie de intuición evangélica, una experiencia de fe. Es por esa puerta que el Espíritu se comunica. Pero esta espiritualidad está sujeta a interferencias culturales y contextuales. Puede ser participada sin dificultad, puede ser adaptada, sin las implicaciones que la participación total en el carisma exige.
Cuando habla de comunión y colaboración con los laicos, la exhortación Vida Consagrada convida a los religiosos a renovar su dinamismo espiritual y apostólico. Este paso a dar no es un paso fácil o de refugio; es para participar un dinamismo. Antes de hablar de formas de colaboración, como el voluntariado, el laicado misionero o los asociados, la exhortación convida a los religiosos a cargar sus propias baterías. De hecho es un espíritu que es preciso participar y asimilar, antes de participar la misión. Efectivamente, los laicos son introducidos en algo que caracteriza la vida religiosa: el espíritu de las bienaventuranzas o el espíritu de los consejos evangélicos. Es con esa luz que ellos procurarán transformar las realidades terrestres. Aunque salvaguardando la especificidad de cada vocación, hay de hecho un denominador común... Hay de hecho una alianza. Los laicos participan de las riquezas de la vida consagrada y la vida consagrada acoge el dinamismo de la vocación laical.
Tradujo: Tarsicio Antón
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